La Viuda y el emigrante
Jose Antonio García Alhambra

                                                               Capítulo 22

                                                     LA ABUELA AMPARO

   La abuela Amparo llevaba unos días que no se encontraba bien, llamo Damian al medico y quiso estar él cuando le diagnosticaran y solo le dijo que no tenia nada de cuidado solo que se había enfriado un poco, y es que el tiempo de otoño en que estaban, había llovido bastante, y la humedad se le había cogido a los bronquios

     - Con lo que le he recetado- dijo el doctor - será suficiente, así es que a quedarse unos días en cama y enseguida a correr.

     A la mujer le hizo gracia la frase del medico porque le contesto:

     - ¡Doctor como voy a correr si no puedo ni andar! -  Amparín, Damian y hasta el medico lo tomaron con filosofía y se echaron a reír.

     Los chicos estaban bien colocados, Merceditas y Damian en la notaría y Vicentica, en la escuela, no había problema con ellos, y en la finca se había cogido el arroz que era la ultima cosecha que se hacia hasta que se cogiera la naranja, pues había casi dos meses de intervalo para arreglar las tierras y en esto Ramón se las entendía bien con el tractor, así que se fueron a pasar unos días a Valencia, Amparín y Damian, para estar al cuidado de la abuela, que al parecer no estaba para correr como le diagnosticó el médico, pero si que se levantaba y solía pasear por la casa. Así es que Damian se bajaba a la notaria a ver trabajar a los hijos. Le gustaban como iban en sus cosas aunque el de eso no entendía nada pero veía el movimiento y como se desenvolvían con el personal, luego se lo iba contando a su mujer:

     - ¡Que rato mas a gusto paso cuando veo como lo llevan, el trato con los clientes, pues hay veces que no lo puedo remediar y me emociono!

     - ¡Es que te has vuelto muy sentimental! – contestaba Amparín

     - ¡Pues si, será eso, pero es que pienso en mi infancia y mira no puedo… es que tú Amparo no has pasado por lo que yo y todo aquello se me viene a la imaginación y no se lo que me entra. Cuando llegue a Albuixech con aquella maleta que no se para que la llevaba, cuando no había en ella nada más que un pantalón y dos camisas, por si se me rompía lo que llevaba puesto. Y ahora veo lo que tengo, quiero decir, lo que me habéis dado!

     - ¡Si, pero tu te lo ganabas!

     - ¿Lo ganaba… y que es lo que yo ganaba?, ¡Si un obrero no gana nunca nada, solo para ir mal viviendo, y a mi que bien me vino todo!, ¡te digo de verdad que me pongo muchas veces a pensar y me creo estar soñando!, ¿Mira que levantarte una mañana y decir para donde voy?, coger el tren sin dirección fija y mas sin haber salido del pueblo nunca. ¡Pues mira lo pienso detenidamente y no se lo que me entra, y luego ir a dar con aquellos compañeros de viaje y decirme que me viniera para Valencia! ¡Cuando vamos a la Virgen, como decís la gente de aquí, yo digo: “Vamos a ver a la Gran Señora”, porque ella, si que estoy seguro que fue la que me guió para que viniera a esta bendita tierra y conociera a ese gran amigo mío que fue Ramón, el del bar, que el Señor lo tenga en su gloria porque ya falto, y me presentara a tu abuelo Batista, que no le deseo que el señor lo tenga en la gloria, sino que lo lleve de la mano, como el me trajo a su casa  y entregarme todo lo que me dio!
 
     - Bueno, no te pongas así, que te vas a poner a llorar – le dijo, enternecida, Amparín

     - ¡Llorar es poco si todo lo que he sido y soy se lo debo a ese buen  señor que fue tu abuelo por eso siempre lo tengo y lo tendré presente en mis oraciones!

     - Dejémoslo ya, y hablemos de otra cosa, háblame mucho de los niños

     - ¡Todo lo que te hable es para bien, porque entre todos me habéis dado lo que soy!

     En esos momentos llamó la abuela Amparo a su nieta, los dos fueron para ver lo que quería, y es que estaban todos por ella, y para quien fuera porque él no vivía si no para todos los de la casa. Damian, como ya se ha dicho, era el timón del barco, y tampoco se podía quejar porque también todos estaban para él.
     La primera Amparín, que no podía pasar sin su marido. Siempre lo acompañaba a todos los sitios y lo hijos lo respetaban como lo que era, el patriarca. Y sus padres, ¿ que decir..?, lo mismo que su hermana Rocío y su cuñado Ramón, sólo veían en él al amigo, al maestro, no hacían ninguna cosa sin contar con él y era por eso, porque él estaba para todos. Era una unión perfecta en esa casa, y así iba todo, que era imposible que pudiera ir mejor. El único que estaba algo más libre era el propio Damián, pero tampoco se olvidaba de sus obligaciones, que era la de atenderlos a todos, siempre sin un mal gesto para nadie, ni un enfado, para él todo iba bien, y es que estaba tan agradecido de todos y de cómo lo trataban, que no tenia por menos que devolverles lo que recibía y era ese amor y respeto hacia todos.

     La abuela Amparo no se encontraba mejor, tenía días que estaba mas animada, y se levantaba pero otros no, algunas veces le decía el médico que tenia que levantarse aunque fuera un poco,  a lo que ésta le contestaba:

     - ¿Si supiera usted doctor, que donde mejor estoy es en la cama, y sin ruidos?

     Hablando, a solas, con Amparín  el médico le dijo:

     - ¡Yo creía que con el tratamiento que le mandé iba a mejorar!

     - ¡Y algo ha hecho! - dijo la nieta- porque se puso muy bien.

     - ¡Sí, pero no lo que yo esperaba, yo la llevaría al hospital, pero me temo que no vamos a conseguir nada!, y es que tiene 85 años y a esa edad, coger lo que ha cogido!

     - ¡No doctor, si usted cree que se puede morir, no la movemos de aquí, pues ella siempre nos ha dicho que no se quería morir en un hospital, nos tiene dicho que cuando llegue su hora, quería morir en su cama y la verdad, seria un cargo de conciencia para mi que no fuese así!

     - ¡Pues no se hable más- contestó el médico- la atenderemos debidamente y que no padezca, para cuando llegue, estar preparados.
     El médico estaba convencido de que no salía de lo que tenia y así se lo hizo saber a Amparín.

     Al día siguiente Damián fue a la consulta y el médico le dijo lo mismo que a su mujer. Y así fue como poco a poco se fue apagando hasta no poder seguir más adelante, ocurrió como ya lo esperaban.
     Como es de suponer, fue un gran disgusto para todos, ya que era muy querida, pero la vida es así, y siempre nos dejan los mejores. Aunque no por ser menos esperado, Amparín lo sintió mucho ya que se le iba su abuela, su confidente en muchas ocasiones, incluso era como su madre pues siempre la acompañaba a todos los sitios, se le fue su consejera, en fin se le fue todo en ella.
     Damián también lo sintió mucho, y es que se respetaban mucho mutuamente, no en balde había sido su madre política dos veces y es que llegaron a quererse como madre e hijo pues no le faltaron algunas que otras lágrimas de su hijo y nieto político.

     El entierro fue todo un acontecimiento, todos los de la finca pararon dos días, el día que falleció y el del funeral, Damián les abonó el jornal a todos los que ese día  trabajaban.
     Como estaba previsto la enterraron en el panteón familiar, al lado de su marido y de su hija Amparo. Que Dios tenga en su gloria a la señora Amparo.

     La mujer que la atendía continuo en la casa y así atendía a Mercedes y a Damian, los notarios y es que la señora llevaba ya muchos años con ellos, les hacia la comida y les limpiaba la vivienda. La tenían como una mas de la familia, tanto es así que los quería como si fueran dos hijos, hasta les preparaba la ropa y todo, A si pues le tenían dadas unas atribuciones, la de ama de la casa, ella manejaba todo lo de la casa a su gusto, incluso cuando los fines de semana se marchaban a la finca, la señora Teresa, que así se llamaba, se quedaba ella sola en la casa y todos conformes.

     Amparín su madre, ya les había dado un aviso a sus hijos, para ver si se hacían novios y se casaban, que ya iban teniendo edad para ello, pero ellos no contestaban, Y es que se encontraban tan bien, que así seguían.