La Viuda y el emigrante
Jose Antonio García Alhambra

                                                              Capítulo 19

                                                     DE NUEVO PADRES

    La abuela Amparo decía que no le importaba vivir en su casa de Valencia, supuesto tenía una señora que hacía vida con ella, cuando le apetecía se marchaba con ella al campo, que es como se denominaba a la finca, luego no era una casa que a ella le diera miedo, porque toda la planta baja, que ocuparía unos trescientos metros, la ocupaban unos notarios, y ella ocupaba la planta de arriba, así es que siempre  estaba acompañada, en fin que se sentía cómoda.    
    
     Por fin dio positivo Amparín, a pesar de llevar solo cuatro meses casados, la alegría fue muy grande para todos

     - ¡Los niños son alegría! – decía el señor Jacinto, y llevaba mucha razón el buen hombre – nosotros fuimos diez hermanos, y todavía vivimos todos, y eso que en aquella tierra se vive peor que aquí – comentaba con alegría.

     - ¡Está bien, abuelo, pero usted no me quiera dar tantos hijos! – contestó Amparín

     - No hija, para mi sería lo mejor un chico y una niña, y con la que tenéis está perfecto – dijo conciliador el señor Jacinto

     - Con eso nos quedamos – volvió a insistir Amparín

     - Si hija, si, con eso tenéis bastante, porque los hijos dan una alegría my grande, y mas cuando son mayores, pero yo conocí a una señora que decía que cada hijo es una enfermedad para los padres, y estaba en lo cierto la buena señora, si lo miramos detenidamente – sentenció el señor Jacinto

     Y llegó el mes de Febrero del siguiente año, y tuvieron un precioso niño, que en homenaje a la abuela Amparo le pusieron Damián como a su padre, por que fue de recordar que cuando Merceditas nació siendo niña, y quedaron en que si hubiera sido niño le hubieran puesto el nombre de su padre, a si que estaban todos que no cabían en si de gozo.
     También el bautizo lo celebraron a lo grande, igual que cuando el de Merceditas – ¡Ya tenemos a la parejita! – decía el padre. Y así lo ratificaba Amparín:

     - ¡Y es verdad Damián, porque Merceditas, es también mi hija, aunque tuviéramos diez, como dice tu padre que tuvo tu abuela!

     - ¿De verdad la quieres tanto como al niño? – preguntó Damián

     - ¿Pero, que me dices, es que no me crees?, ¡pues ten por seguro que yo no le daría un pedazo de pan mas grande al uno que al otro! – contestó Amparín, un poco ofendida

     - ¡No me espero menos de ti, cariño, me siento orgulloso de ti, esposa mía! – Damián abrazó a su mujer y le dio un gran beso de amor, que son los que calan dentro, y continuó - ¡nunca se me olvidará ese rasgo que has tenido hacía mi hija!

     - ¡No, Damián, te vuelvo a repetir, y que te sirva para siempre, Merceditas es lo mismo mía que tuya, eso que nunca se te olvide! -  respondió Amparín con firmeza

     - ¡Gracias mujer! – dijo Damián 

     Cuando terminó el verano regresaron a la casa de Valencia, la señora Amparo, la mujer que la cuidaba, Amparín y los niños. Nada mas marcharse empezaron las reformas de la casa en la que vivían los abuelos de Amparín, como daba a una calle muy principal, hicieron en la planta baja, una vivienda de lujo, y encima otra que tenía 200 metros cuadrados cada una, para el matrimonio y los hijos. La fachada la dejaron preciosa, no parecía la misma, y el interior con unos muebles de lujo, y toda decorada, como las de los grandes señores. También reformaron donde vivían los padres de Damián, hicieron una vivienda con cuatro dormitorios, de lujo, y una cocina espléndida, que era donde hacían la comida para todos, era a la forma de despensa. También lo hicieron con la otra que era donde vivían Rocío y su marido, también arreglaron varias habitaciones, y es que Ramón, se quedó como encargado, el puesto que tenía antiguamente Damián, que ahora era el dueño, aunque en realidad la dueña de todo era Amparín.
     Damián se trasladaba todos los días a Valencia, mientras estuvieran haciendo las reformas, que terminaron un poco antes de que Amparín tuviera al niño, y para el verano, ya pudieron estar en la nueva casa, lo que pasó es que en ese tiempo, Damián, se sacó el carné de conducir, y se compró un coche familiar, con el que los transportaba a todos, la finca estaba solo a doce kilómetros, y no tardaba ni media hora en hacer el recorrido, lo que se dice un paseo y corto.
     La abuela Amparo, cuando vio la casa, como la habían dejado, con ese confort, dijo que ella de allí no se movía, así es que se quedó con su criada, además les vino muy bien, porque cuando llegó el niño, ésta ayudaba a Rocío a llevar la casa, y a la señora Mercedes la dejaron al cuidado de los niños, porque la mujer ya se iba haciendo mayor.
     Definitivamente a la casa de Valencia, solo iban cuando les acomodaba, mientras en la finca todo marchaba que no podía ir mejor, la cosecha del arroz había aumentado con menos trabajo, ya que no se ponía el plantel, sino que se sembraba directamente, en la recogida, igual, no hacían falta ni segadores ni trilladora, la cosechadora lo hacía todo, así es que habían disminuido los gastos, la naranja se vendía muy bien gracias a la exportación, la chufa había aumentado, también, su cosecha, porque ya se sembraba menos trigo, y esa tierra la aprovechaban para poner melones, también sembraban mas cacao y mas maíz, que también se recogía con cosechadora, que era un ahorro grande, en definitiva, la tierra se ocupaba toda, si no en una cosa, en otra. Así es que no les importó hacer esa reforma, tan grande en la casa, porque la economía estaba mejor que nunca, y porque compraron las dos cosechadoras, una para el arroz y otra para el maíz. La vida no les podía ir mejor .