La Viuda y el emigrante
Jose Antonio García Alhambra

                                                              Capítulo 18

                                             LES DEJA LA ABUELA VICENTICA

   Cuando volvieron de la luna de miel se quedaron a vivir en Valencia, no querían dejar a la abuela sola con la criada, de momento, supuesto estaban a mediados de Mayo, y para el quince de Junio solían irse a Albuixech, pues ya empieza el verano y allí se pasaba mejor, y es que la finca estaba a apenas mil quinientos metros de la playa, y en ese tiempo ya se podían bañar. Luego por las tardes, y sobre todo por las noches se estaba muy bien, gracias a la brisa del mar. Y eso hicieron, el quince de Junio se fueron y allí estuvieron hasta mediados de Septiembre.
     ¡Que bien que se lo pasaba la niña!, sobre todo porque allí se echó unas amiguitas del pueblo. Así es que allí se juntaban todos durante todo el verano, la chica que cuidaba de la abuela Amparo se quedaba, y así, entre todas las mujeres estaban al tanto de cuidarla. Había que ver lo a gusto que estaban en aquel patio, tan amplio como era, por las noches, ponían unas sillas y entre animadas charlas disfrutaban de las noches de verano. También pasaba allí el verano Rocío, la hermana de Damián, y su marido, así es que se juntaban diez personas.  
     Al señor Jacinto, como buen andaluz, se le daba muy bien decir chistes y chirigotas de su tierra, lo mismo que a su esposa, la señora Mercedes, también a Rocío y a Damián, pero a éste, si la cosa no se desbordaba, le gustaba guardar la compostura, cantar también se les daba bien, como ya lo demostraron en otra ocasión, las tres abuelas hicieron un corro hablando entre ellas, y Rocío y su marido jugaban a las cartas contra Damián y su padre, jugaban a la “cuatrola”, un juego que les enseñó el marido de Rocío, y que es originario de Albacete, allí pasaban unas horas entretenidos y animados hasta que llegaba la hora de acostarse, y así eran todos los días, hasta que una tarde faltó la señora Vicentica.
     Un día no tuvo ganas de tomar el fresco, y sobre las diez de la noche, dijo que tenía ganas de acostarse, y así lo hizo, todos, viendo que se encontraba mal y pasaron a animarla, pero ella insistía que no se encontraba bien, su nieta Amparín no la dejaba ni un momento sola, y así empezó, que no tenía ganas de comer, fueron al médico y le mandó un tratamiento para reanimarla, porque enfermedad no tenía ninguna, según el médico, ¡solo la tristeza! -  les dijo. Ella decía que se encontraba cansada, y así poco a poco se fue apagando.
     Alguna que otra vez le había dicho a la señora Mercedes, que era la quien la atendía, y que le hacía la comida:

     - ¡Si yo lo que quiero es morirme!, ¡que pinto yo sola!

     - ¡No diga eso, mujer! – le contestaba ésta – si tiene a su nieta Amparín, estamos todos nosotros, que la queremos y además estamos todos muy agradecidos de usted

     - ¡Si, se que me queréis, igual que “mi” Amparín, pero es que ya no tengo alegría de nada, ¿qué pinto ya aquí?, ya tengo ganas de estar con mi hijo Vicente y con mi marido, que sé que me están esperando – dijo, tristemente, la abuela Vicentica

     Una tarde se quedó dormida y pasó Amparín para ver como estaba, y para ver si quería tomar algo, y ya no necesitó nada, se había ido a reunirse con su hijo Vicente y con su marido, el señor Batista, como ella quería.
     Amparín empezó a dar gritos:

     ¡La abuela, la abuela, no habla!

     Todos fueron corriendo, llamaron, rápidamente al médico que la estaba tratando, y no pudo hacer más que certificar la defunción. Pobre señora, no hubo nadie de los allí presentes que no derramara lágrimas por ella, la gran señora lo tenía merecido.            
     Al día siguiente fueron los funerales y el entierro, la pusieron en el panteón familiar, con su hijo y su marido, el pueblo entero acudió, en una gran manifestación de duelo, también de Valencia fueron muchos amigos y familiares, fue impresionante, en la iglesia no se cabía, el párroco que los conocía muy bien, en la homilía, realizó una brillante semblanza, tanto de ella como de su marido y su hijo, una familia de honrados labradores.
     El paso de esa familia y la huella dejada en el pueblo, todos la tendrían presente para siempre por el buen ejemplo que dieron.

     La casa, que fue la residencia de los abuelos hasta esos días que faltó la abuela Vicentica, quiso Amparín reformarla, y sería para ella y su familia, porque desde luego, ella estaba segura de que a no mucho tardar, se quedaría en estado de buena esperanza, y es que era mucha la ilusión que tenía.