La Viuda y el emigrante
Jose Antonio García Alhambra

                                                              Capítulo 14

                                                LA CUSTODIA DE LA NIÑA

        - ¡Si yo fuera mas joven, la criaría yo, pero a mis años, ya con ochenta años, lo que necesito es que me cuiden a mí! – así se lamentaba la abuela Amparo, en una de esas veces que la oyó hablar de la crianza de la niña, Amparín le contestó:

     - Para cuidarte a ti, lo mismo que a Merceditas, estoy yo, como he sacado lo que estaba estudiando, ahora estoy libre para vosotras dos, no me importa no ejercer la carrera que he sacado, porque cuando me pusieron a estudiar mis padres, fue para adquirir una cultura y poderme relacionar con las gentes, pero tú sabes como yo, que para vivir no necesitamos ninguna de las tres. Y así lo tengo pensado y así lo voy hacer.

     - A mi lo que mas me preocupa, eres tú, que eres la que más necesita a tu madre en estos momentos, ¿si al menos estuvieras casada?

     - ¡Abuela no necesito casarme, ya tengo una hija!

     - ¡Si, si!, Veras que pronto te la quitan.

     - ¿Qué dice usted? ¡Esta niña es mía y de aquí no sale!

     - ¡No seas así!, ¿no sabes que tiene a su padre?
    
     - ¿Y que? ¡de aquí no sale!

     Cuando ocurrió la tragedia estaba con ellas la niña, porque Damián con los papeleos que en esos casos hay que arreglar y la finca que la tenía abandonada desde hacía casi un mes, pues andaba como loco entre unas cosas y otras. También estuvo una semana un poco trastornado y es que todo se le junto al hombre y claro como sabia que estaba en buen sitio. Pero no por eso se olvidaba de ella, y ¡es que tenía que estar en tantos puestos!
 Pasados unos quince días se fue a ver como andaban y besar a su “perla” aunque no iba con intención de llevársela. Pero Amparín cuando le vio llegar, ¡madre mía! la que le entro.

     - ¿No vendrás a por ella, verdad?
 
     - ¡No! – respondió Damián tratando de calmarla

     - ¡Eso, porque no te la llevas!
 
     No le saludo ni nada ¿Qué se le figuraría? Se acerco a la abuela y la saludo.

     - ¿Como esta usted abuela?

     - ¿Como voy a estar?, ¡como me figuro que estarás tu! - y diciendo esto se hecho a llorar.

     - Siento haber venido y recordarle, mas dolor
     - ¿Y tu?, ¿cómo te encuentras?

     - ¡Sin ganas de vivir en estos momentos! – dijo, apenado, Damián

     La chica que tenían sirviéndoles se acerco con la niña, el la cogió en sus brazos y la cría le dijo “papa” y es que ya empezaba a hablar y lo primero que le ensañaron fue llamar a su padre, Damián se puso a besarla y a llorar, tanto fue así, que la asusto y empezó a querer soltarse de él, aquello fue un cuadro. Todos se pusieron a llorar, esta mujer nos va a llevar a todos por delante.

     - Yo no puedo mas abuela y es que no puedo hacer nada, que no la tenga delante, no puedo dar un paso sin su recuerdo, y es que todo lo hacía para Amparo, era la guía de la casa, todo pasaba por ella a si es que la casa está ahora sin ilusión, todos estamos que no podemos ni mirarnos, de la congoja que todos tenemos. Espero que pasara, porque de seguir así, yo de pensarlo me vuelvo loco.

     - Pues ten paciencia hijo que tenemos que hacernos fuertes, cuando faltó mi marido, yo quería morirme, pero el tiempo todo lo arregla.

     - ¡Que Dios la oiga a usted, señora Amparo!- y es que la mujer ya sabia lo que era pasar esos días de amargura. Se reanimaron un poco, volvió a coger a la niña y la empezó a acariciar luego ya todos mas serenos le dijo a Amparín

     - ¡Mira no te pongas de esa forma, se lo que es la niña para ti, y yo te lo agradezco, pero ya lo arreglaremos en conformidad de todos!, ¿cómo no cogen ustedes el sábado el taxi y se van a pasar el fin de semana?, y si no quieren dormir allí, vayan el domingo y luego se vuelven por la tarde, pues a mis padres y a mi hermana les haría mucha ilusión de verla, y a mi, ya lo ven ustedes, si es lo único que me queda, hagamos lo que sea mejor para todos.

     - ¡Si Damián! - le respondió, la buena mujer - así lo haremos, vete tranquilo

     Se despidió de las tres,  esta vez si que le beso Amparín, como lo solía hacer cuando vivía su madre. El sábado no fueron argumentando que el taxi no estaba disponible, pero el domingo a las once ya estaban allí, y les llenaron a todos de alegría. Cogieron, con entusiasmo, a la niña los padres de Damián, la hermana, los abuelos y no la soltaban, iba de mano en mano, y lo bueno de todo es que no los extrañaba, a pesar de haberlos visto muy poco.
     Pasaron allí todo el día, hasta las siete de la tarde que regresaron a Valencia. La cría les decía adiós como si tuviera mas edad y es que estaba muy espabilada, con solo dieciocho meses que tenia, pero lo mas gracioso era que ya cada vez que decía “papa”, a su padre le daban ganas de comérsela. Quedaron que todos los sábados o los domingos irían, y si no iría, los jueves, el padre a verla y así lo harían hasta que se normalizara todo pues estaban en plena recolección del trigo y Damián no podía faltar de la finca.

     La semana siguiente volvieron a ir, en esta ocasión, fue el sábado y así tuvieron más tiempo de estar con la niña que por entonces era lo más de la casa. Damián les hablo claro, al menos a Amparín, porque la abuela todo lo veía bien, la niña la tendréis hasta que cumpla los tres años, desde ese tiempo, quiero tenerla yo junto a mí y vigilar su enseñanza, quiero que adquiera una educación buena, y por eso quiero tenerla a mi lado.

     - ¡Yo también se la puedo dar igual! – le respondió, algo preocupada, Amparín

     - ¡Si, no lo dudo, pero los niños son para estar con sus padres!

     - ¿Y es que yo no soy como si fuera su madre?
 
     - ¡Perdóname Amparín, pero no, que te lo diga tu abuela que tiene mas experiencia, que todos nosotros!

     - ¡Es verdad hija, Damián lleva razón!

     - ¡Entonces que queréis! ¿quitarme a la niña?

     - ¡No es eso, tu podrás estar con ella, pero al lado mío, porque puedes también vivir aquí, para eso tienes tu casa y la casa de la abuela Vicentica, ¿o es que se te ha olvidado que también es abuela tuya?

     - ¡Si pero es que, en la capital se vive mejor, o al menos de otra forma!
     
     - En la capital se vive lo mismo que en el pueblo, que “el que tiene come y el que no tiene ayuna”, como dice el refrán, y a vosotras no os faltara de nada mientras yo viva, estad seguras, también podéis estar una temporada en cada sitio - Ese fue el primer enfrentamiento que tuvieron por la niña, Amparín y Damián.

     Siguieron haciéndolo así, sino era el sábado, el domingo iban, y lo que les alegraba a todos, su presencia, pasaron cuatro semanas sin faltar, pero la que hacia cinco, no fueron. Damián estaba muy ocupado y el jueves no fue como tenían hablado y la que hizo seis tampoco hicieron acto de presencia, y ese jueves si que fue, para ver porque era la culpa de que no hubieran aparecido.

     - Pues mira Damián no hemos ido, porque quería que vinieras tu, y  aquí los dos hablaríamos mas tranquilos – Amparín sorprendió a Damián con esa cuestión

     - ¡Huy, huy! -  Se dijo, Damián, para sus adentros - ¿mira por donde sale ésta ahora? - ¡Pues mira aquí me tienes a tu entera disposición! – contestó Damián
  
     - Bien es que como dijiste que yo podía ir, que allí tenía mi casa, pues estamos en las mismas condiciones, supuesto tu, tienes aquí la tuya y además a tu hija

     - ¿Y a ti también? - contesto éste un poco mosca.

     - ¡Si a mi también, pero no te equivoques con respecto a mi!

     - ¡Yo no me equivoco nunca, lo he dicho por decir!

     - Si, te entiendo pero las cosas claras, no sea que haya un malentendido

     - ¡Un malentendido no puede haber, cuando mi intención es ver a mi hija y si vosotras estáis con ella, todo aclarado ¿no?, pues bien, no te entiendo, antes que me querías tanto y ahora que no me equivoque, ese cambio ¿como ha podido ser?, así sois las mujeres que unas veces te quiero que otras te odio…

     - ¡No si yo odiarte no…!

     - ¡O sea, que me sigues queriendo!

     - ¡Si, pero de una forma distinta a la que tú crees!

     - ¿Qué yo creo?, ¿qué sabes tú como yo creo?

     Y se quedo callada sin saber qué decir, y es que se había metido en un callejón del que no sabía por dónde salir. La abuela había salido a un parque a tomar el sol, y la chica que las cuidaba estaba en el mercado, haciendo la compra, o sea que estaban los dos solos, y Damián, todo un caballero, no quiso seguir mas adelante, porque la estaba viendo venir.
Le pregunto, en que parque estaban para ir allí, ella al verlo que se marchaba le pregunto:

     - ¿Es que te vas ya?, espera a que vengan

     - No, estoy haciendo falta en la finca y no puedo faltar más tiempo

     Tal fue le enfado que le dio, que no quiso ni darle un beso de despedida como hacia siempre. En el parque estuvo un rato y cuando lo vio conveniente se despidió de la hija y de la abuela cogió un taxi y desapareció.
     A Damián le pareció un poco pronto, tenia todavía muy presente a su mujer, aunque ya iba a hacer un año, pero como mínimo quería respetarla ese año que para el su recuerdo, era imborrable y mas,  al ser su propia hija.
     Fue todo el camino llorando, como el lo sabia hacer, por dentro, pues iba roto de la escena que se le había presentado, como llegaría que sus padres y hermana se lo notaron, y es que llego descompuesto, cuantos recuerdos se le venían a la cabeza, con lo a gusto que se sentía con aquella mujer, no podía ser, no había habido un momento, en todo ese año pasado que se le hubiera ido del pensamiento

     - ¡Hijo, tienes que tener resignación!, ¡vas a ponerte enfermo! - le indicó, preocupada, su madre - ¡el tiempo ya pasara!, nosotros estamos igual que tu, y sobre todo solo de verte a ti, ¡tengamos paciencia! 

     Y tenía mucha razón la buena señora, porque como dice el refrán: “¡No hay bien ni mal que cien años dure!”, pero en aquellos días era imposible aguantar mas, y es que cuando uno tiene tanto peso encima, parece imposible aguantarlo, pero el tiempo pasa y los nervios se van calmando, y eso es lo que le hacía falta a Damián, serenarse un poco, era mucho lo que le venía agobiando, y gracias que tenía a su padre, que cargado de experiencia le aconsejaba como  un sabio, y a su madre, con esa dulzura, que lo suelen hacer todo esas mujeres, que no pueden ver padecer a un hijo, también su hermana, no es que le dijera mucho al ser mas joven que él, pero veía que le miraba con esos ojos de compasión, que le hacían estremecerse, y es que él no sabía como resolverlo en aquellos momentos de tanta incertidumbre, aunque tenía una gran ayuda, muy favorable, que era la niña, que al fin y al cabo era su esperanza y su pensamiento, lo que debía que tener era paciencia.