La Viuda y el emigrante
Jose Antonio García Alhambra

                                                               Capítulo 12

                                                             EL BAUTIZO

   Como todo había salido tan bien a los padres no les importaba celebrarlo a lo grande y así lo hicieron, como decían que allí tenían las celebraciones mas resonancia que en la capital, decidieron celebrarlo en el pueblo de Albuixet concretamente, en esa iglesia tan antigua y maravillosa, como es todo lo que tiene sabor a pasado, el banquete fue todo un éxito, de los caramelos el encargado fue el marido de Rocio, que era la madrina y que decir de los que echaron a los niños, y a todos los que se agachaban a recogerlos, fue imaginable, el padrino fue un tio de Amparo, fueron  toda la familia y amigos y todos los que trabajaban en la finca con sus mujeres y niños, algunos vecinos y amigos de la casa , además de algunos proveedores de la finca, también  con sus mujeres y sus niños, en fin llegaron a juntarse casi cien personas, el banquete fue de lo mejor que se puede preparar, de allí salieron todos que no podían mas y con esa alegría tan grande como los invadía a todos mas aun pensando en el peligro que hubo, y que al final no fue tal, a si es que todos estaban radiantes, la que no hizo acto de presencia fue la señora Vicentica, no es que no la invitaran si no que argumentando que eran muchos los recuerdos para ella, no quiso asistir, y en parte llevaba razón la buena señora por eso no dejó de desearles suerte y mucha salud tanto a los padres como a la recién nacida, también tenía cierto pesar al pensar en su hijo y saber que, esa niña, podía ser nieta suya, para ella fue un mal día. También habría que reeñar a la hermana, de la recién cristianada, Amparito, no es que no estaba contenta, es que estaba loca por la niña, no se apartaba nada mas que las horas que estaba en el colegio por que cuando estaba en la casa siempre estaba junto a ella y es que según decía, la quería tanto que no podía pasar ni un rato sin ella y así calló a todos. También sus abuelos estaban que no podían vivir sin su niña.
     Los padres, eran el reflejo de la mas grande felicidad, en Amparo no podía caber mas

     - ¿Te das cuenta? – le decía a su marido - ¡como a valido la pena arriesgarse

     - ¡Si mujer todavía lo pienso y me dan ganas de llorar!

    - Pues mira, yo tenía fe ciega en que todo saldría como salió.

    A la criatura aun no se le había asignado ningún nombre, pareció ser un tema complicado, cada uno opinaba sobre este o aquel nombre, hasta que la madre de la niña cortó y dijo:

     - ¡Le pondríamos como a su padre, pero como no cae bien, se va a llamar como su abuela paterna, Mercedes!, ¿os gusta?

     El padre que iba a decir, solo se levantó, se fue hacia su mujer y delante de todos le dijo:

     - ¡Eres la mujer mas maravillosa que Dios puede entregarle a ningún hombre, gracias Amparo, te adoro!

    - Es que tenía ganas de tener algo mio que perteneciera a vosotros y que mejor que ponerle el nombre de mi suegra

     Damián, lleno de emoción, se acercó a su mujer y le dijo - ¡gracias cariño, de todo corazón! y la besó
 
     - La señora Mercedes, cuando oyó que su nombre lo iba a llevar su primera nieta, se levantó y le dijo:

     - ¡Amparo, eres una gran señora, digna mujer para mi hijo, no se puede esperar menos de ti, que Dios te bendiga “hija”!, y las dos se fundieron en un emotivo abrazo.

     - ¿Cómo es posible que dos familias tan distantes, la una de la otra, se procesen tanto cariño? - comentaba el padre de Damian con un trabajador de la finca que estaba a su lado

     - Pues si señor, muy sencillo de entender, y es que cuando hay educación hay vergüenza y cuando hay vergüenza está todo lo demas, incluso hay nobleza que es lo mas bonito del ser humano y estas dos familias lo poseen - objetó el forastero.

     El señor Jacinto se quedó sin saber que decir, solo se dio cuenta de la clase de persona que era su nuera y todo su entorno, también se dio perfecta cuenta en lo acertado que estuvo su hijo al elegir aquella mujer que además de ser buena persona, era un monumento, en todos los aspectos.

     Terminado el bautizo, que fue un éxito total, y después de pasarlo tan bien, las dos familias salieron, una vez mas, como una sola, y mas ahora con esa perla que les unía aun mas y compartiendo el mismo sentimiento que era ese pedacito de cielo.

     Hasta el día del bautizo Amparo había estado en su casa de Valencia con su madre y con su hija, Amparín, pues hasta que no se vio fuerte tanto ella como la hija quisieron estar cerca de la clínica por si ocurría algún imprevisto pero desde ese día ya se quedaron allí en la finca. La que no estaba contenta era Amparín y es que ya no podía estar tantos días sin ver a su hermana, “a su niña”, como ella decía a si es que estaba deseando que llegara el viernes y nada mas salir de clase comían ella y la abuela y se marchaban a la finca mas que nada por ver a la niña, hasta el domingo que volvían, durante los dos días que pasaba con ella no se apartaba de ella ni un momento.