La Viuda y el emigrante
Jose Antonio García Alhambra

                                                              Capítulo 4

                                             LA UNIÓN DE LAS FAMILIAS

        Un día Vicente, hablando con su mujer, Amparo, le contaba lo bien que iba la finca:

     - Estamos encantados, mi padre y yo con Damián, es que lo lleva todo que no se le puede pedir otra cosa para que vaya mejor

    - A mi también me impresionó su personalidad. ¡Anda y no veas lo que me dijo nuestra hija!, ¡que le habría gustado ser de su edad!

    - ¿O sea, que os cayó bien a las dos?

    - ¡Ah  pues no me has dicho que os cayó bien a tu padre y a ti?, pues nosotras que somos mujeres puede ser pero a vosotros es que lo vemos e forma diferente

     - ¡Hombre no faltaba más!, en una palabra que nos ha gustado a todos aunque sea de forma distinta

     - ¡Pues eso ha debido de ser! - contestaron los dos echándose a reír.

     Dos días hacía que habían llegado a la finca y el señor Batista le dijo a Damian:

     - Después de cenar pasa con tus padres y hablamos de lo que hemos pensado, de la marcha que debemos seguir, se han quedado esta noche a dormir mi hijo y su mujer y así entre todos lo veremos mejor. ¿De acuerdo?

     Sobre las diez ó cosa así entraron y enseguida estaban todos sentados en la mesa.                 

     - Queremos - empezó diciendo el dueño de todo - que se organice de la manera siguiente:
     Tú Damian seguirás como hasta ahora llevándolo todo como hasta aquí, porque aunque no es mucho el tiempo que llevas, lo vas resolviendo bastante bien, tus padres estarán al servicio de la casa, tanto de los patios como de los graneros y el establo de los caballos, esto sin prisa, aquí tendréis todo el tiempo que queráis, y tu hermana Rocío estará al cuidado nuestro, en ir a la compra, y lo que la señora le mande. Todos tendréis vuestro sueldo desde este momento, y nada de etiquetas, porque nosotros seremos los amos pero vosotros os merecéis el mismo respeto, y queremos que todos seamos parecidos, sino  iguales.
     Por eso he hecho venir a mi hijo Vicente y a Amparo su mujer, para que todos seamos conformes, los sueldos los fijará  Damián como encargado de todo que pasa a ser  desde este mismo momento

     - ¡Por Dios, señor Batista, eso es cosa de ustedes! – contestó sorprendido Damián

      - Es lo mismo, yo te doy esos poderes desde este momento, porque sé que harás lo que veas mas justo, y quiero que también estéis contentos todos en esta vuestra casa,. Este mes cuando hagas las cuentas, incluyes lo que a ti te parezca, que nosotros seremos conformes. ¿Como lo veis vosotras, las mujeres?

     Estas no se habían enterado de nada, porque estaban hablando entre ellas de los trabajos que tenían que hacer, Vicente el hijo si estaba, pero como si nada  pues estaba  ausente a lo  que estaban tratando, y es que había entrado en un estado muy lamentable, le hizo venir el padre, pero no percibía nada por el delicado estado de salud en que se encontraba.
     Debido a dicho estado el padre quiso rodease de una familia como la que tenia ante sí con Damián al frente, así es que fue un acierto, y no quería por nada del mundo dejarlos perder, y he aquí  que todos tuvieron suerte, unos por lo que buscaban y otros por lo que encontraron.

     Con el tiempo, La señora Vicentica, hablando con sus vecinas, les decía que estaba más que encantada con aquella familia, con todo tan aseado, los patios, las habitaciones ¡si todo relucía de limpio que lo tenían!

     - Nos hace hasta la comida a mi marido y a mí, la señora Mercedes, la madre de Damian, y de la hija que decir, se le nota que está hecha a trabajar y es que lo hacen todo tan a gusto que sale todo de maravilla tanto de la una como de la otra. Y el chico, Damián, mi marido está la mar de contento con él  - así se expresaba la señora Vicenta con sus amigas las vecinas.

     Vicente el hijo, seguía yendo todas las mañanas, pero seguía igual sin ánimo de nada, aunque le venia bien a Damian , ya que algunas cosas todavía no las tenia claras y así este se las resolvía, pues él se lo agradecía, y es que aunque era todo voluntad, eran muchas cosas que tocar, Damián tomaba buena nota de todo como cuando había que poner el plantel del arroz, sembrar el trigo ,la chufa, el maíz , la patata, cuidar los naranjos, es que eran muchas cosechas las que hacían, pero con la ayuda de unos y de otros, el lo iba resolviendo todo con buen acierto.
     Por otro lado los padres y la hermana de Damián, estaban más que contentos, quien les iba a decir a ellos de esa suerte tan grande. La señora Mercedes no dejaba de mirar al cielo y dar gracia a Dios, y no era  para menos, el señor Jacinto lo mismo, no paraba de alabar al Altísimo

     - ¡Si es que estamos ganando los cuatro! - se decía - ¡cuando se había visto algo igual!
    
     - Que te parece hijo si le propongo al señor Batista, de poner un cerdo y unas gallinas, he pensado que con lo que se desperdicia se criaban – le propuso, un día, a su hijo

     Pero padre, que usted tiene bastante trabajo ya – le replicó éste, pero tanto le mareó, que al final le autorizó para que se lo dijera

     Cuando se lo comunicó, el señor Batista le dijo:

     - ¡Dígaselo a su hijo que es el que le tiene que dar el consentimiento!

     El padre se quedó de piedra,.así es que el jueves que hubo mercado en Masamagrell, un pueblo cercano, se marchó y se trajo seis pollitas ya casi gallinas, y un pollo, así como una cerda para que luego criara, ¡Que alegres que estaban los patios con las gallinas y que bien cuando empezaron a poner huevos con lo frescos que estaban recién puestos, hasta Vicente se los levaba para que se los comieran su mujer y su hija, y cuando llegó la matanza, el señor Jacinto, quiso hacerla al estilo de su tierra y claro, nadie se lo impidió.
     Ese día  les hizo, el señor Jacinto, las famosas gachas de matanza, ¡y hay que ver como lo pasaron todos!, tanto fue así que partir de entonces, todos los años les hacia su matanza ¡y es que  le gustó tanto, a todos  por ser una cosa nueva, la matanza del cerdo allá en  Albuixech!
     Como es un pueblo costero cerca de la mar, les venia bien el fresco para salar los jamones, también hicieron las famosas morcillas y los chorizos, en fin, lo hicieron todo como en la tierra del señor Jacinto y la señora Mercedes. 

     En una ocasión le dijo a su hijo Damián su madre:
 
     - ¿Qué hacemos con tantos huevos que tenemos y no los podemos gastar?
 
     - Pues véndaselos a la vecina los que le sobren.

     - ¿Y si se enteran los dueños, dirán algo?
    
     - La dueña eres tú – le respondió el hijo, éste los ponía como beneficios en las cuentas de la casa.

     Cuando lo vio Vicente, este se lo dijo a su padre y pudieron comprobar con quien estaban tratando, un día enterado el Señor Batista le reprendió a Damián, a lo que este le contesto:

     - Para mi las cosas tienen que ser así, de lo contrario no irían como van, señor Batista
 
     - Tienes mucha razón, Damián - le contestó

     Damián se marcho bendiciendo la hora en que lo conoció, toda la familia se enteró y quedaron admirados con aquel hombre, era una insignificancia, pero el era así de legal, como el les decía una y otra vez

     - ¡Si nos dan ustedes mas de lo que nos merecemos!