PESADILLA
Capítulo 5


Los días que a ese siguieron, fueron por lo que Elena podía recordar, los más felices de toda su vida. Se levantaba para ir a trabajar y regresaba por la noche llena de ilusión. Durante la cena no podía parar de hablar de todo lo que había hecho, la gente que había conocido y todos sus progresos. Luego Alfredo la llevaba al dormitorio para compartir con ella todo su amor.

A medida que pasaba el tiempo, los recuerdos del mundo del que procedía se hacían cada vez más difusos e incluso se llegó a plantear si todo eso existió realmente o simplemente lo había soñado. Por supuesto Alfredo le recordaba de vez en cuando que no olvidara su procedencia, ya que de ese modo tendría una referencia exacta de lo válido de este lugar. En esos momentos Elena daba gracias a quien las pudiera recibir por haber llegado hasta allí y haber encontrado una persona como la que tenía a su lado.

Llegó un día, no sé cuanto tiempo después, aunque eso carece de importancia según mi parecer, en que Elena salía del trabajo al mediodía porque quería darle una sorpresa a Alfredo preparándole la cena y para ello necesitaba bastante tiempo ya que quería que fuese algo muy especial. Al pasar por una de las calles que todos los días recorría vio a Alfredo a lo lejos hablando con una mujer. Los dos estaban el uno frente al otro y aunque desde donde ella estaba no podía notar de que hablaban le pareció que en su gesto había cierta complicidad. Elena se quedó un rato mirándolos totalmente incrédula mientras un montón de ideas cruzaban e incluso campaban en su cabeza a sus anchas, pero intentó racionalizar todo aquello y haciendo un esfuerzo se alejó de allí sin hacerse notar. Llegó a la casa y preparó la cena para ambos y esperó a que Alfredo regresara. Seguramente no pasaba nada, ya que ella lo habría notado o él se lo habría dicho. En cualquier caso no quería alarmarse. Hasta el momento no había tenido el menor indicio de que las cosas fueran mal y eso le tendría que valer, ¿no?

Ya entrada la noche llegó Alfredo con su mejor sonrisa en la cara. Se acercó a ella y le besó en los labios como hacía cada día. Ella le devolvió el beso pero no pudo reprimir un gesto serio al hacerlo. Alfredo la miró fijamente y le preguntó:

-         ¿Té pasa algo?
-         No, que va. No pasa nada. Sólo estoy cansada. He tenido una dura jornada de trabajo y me apetece irme a dormir. Te estaba esperando para darte las buenas noches.
-         Muchas gracias mi amor.
-         Por cierto, tu cena esta en la cocina. Me parece que tendrás que calentarla.
-         ¿Seguro que no te pasa nada? Te noto un poco seria. ¿Has tenido un mal día?
-         No, cariño. Solo un poco cansada como ya te he dicho. Si quieres mañana hablamos, ahora me apetece irme a dormir. No te importa, ¿verdad?
-         Vale cielo. Ahora, cuando haya acabado de cenar subo yo, ¿de acuerdo?
-         De acuerdo. – Respondió sin demasiado entusiasmo.

Elena subió las escaleras y se echó en la cama. No podía dormirse dado el estado de ánimo en el que se encontraba. Cuando Alfredo llegó a la cama y la abrazó, ella se hizo la dormida y contuvo sus pensamientos hasta que él se hubo dormido. La noche se hizo larga pero al final el sueño se apoderó de ella y le condujo con su manto sereno hasta el día siguiente.
        
Cuando se levantó, Alfredo ya se había ido. Bajó hasta la cocina para desayunar algo y se encontró una nota de él.

 

“Buenos días mi amor:  No he querido despertarte porque parecías muy cansada.  Te he dejado preparado el desayuno en la mesa.  Por cierto, no me esperes despierta, llegaré tarde de trabajar.
Te quiero.
Alfredo
P.D. Gracias por la cena, estaba todo riquísimo.”

Se acercó a la mesa del salón releyendo la nota que le había dejado. Le pareció tan natural que incluso se sintió como una idiota al pensar en cómo se había comportado la noche anterior. Mientras desayunaba pensó que debería esperarlo despierta con la cena preparada y disfrutar los dos de una velada encantadora. Luego le haría el amor. Sí, eso sería una buena cosa.
Desayunó de buena gana y no dejó nada en el plato. Luego recogió todo y se fue a trabajar. Durante toda la mañana estuvo pensando en lo que prepararía esa noche. Quería que fuera una noche perfecta. Quería demostrarle todo lo que el significaba para ella. Quería incluso contarle lo que había pasado el día anterior. Todo ello le parecía ahora incluso cómico. A medida que pasaba la mañana se encontraba mas ilusionada pensando en la reacción de Alfredo cuando viera lo que le iba a preparar, incluso pensando en las risas que disfrutarían cuando le contara todo lo que ella había pensado. Se sentía avergonzada por ello.

Volvió a salir al mediodía para coger lo que le faltaba para la cena y cuando llegó al mismo sitio que el día anterior volvió a ver a Alfredo hablando con esa mujer. Otra vez estaban los dos uno enfrente del otro con esa mirada de complicidad. Entonces Alfredo la abrazó. Eso le encendió por dentro. Un alud de celos incontrolados recorrió su cuerpo, aunque algo por dentro le decía que si hubiese algo ya lo habría sabido por el propio Alfredo. Pero el instinto era mas fuerte y una sensación de desasosiego le empezaba a invadir devastando todo sentimiento de tranquilidad que pudiera albergar. Sin querer montar ningún tipo de escena se dio la vuelta y acelerando su paso se alejó de aquél lugar sin rumbo fijo. Sólo caminaba mientras sus pensamientos alcanzaban un ritmo vertiginoso. Se alejó llegando incluso hasta el límite de la zona determinada para la raza humana y se dio media vuelta para echar un vistazo a todo ese mundo. Se sentía traicionada. Sentía una ira tal que no podía racionalizarla y decidió romper con todo. Cruzó el límite establecido y se adentró en plena naturaleza. Una alarma sonó en la ciudad y ella comenzó a correr sin rumbo fijo perdiéndose en medio del bosque que inauguraba esa parte del planeta donde a los hombres no se les permitía entrar. Intentaba dejar atrás todo ese mundo en el que ya no se sentía feliz. Corrió tanto tiempo que el aire de sus pulmones parecía ácido de batería. Las sirenas de la ciudad seguían sonando ahora lejanas. Se paró para cobrar aliento. El cielo se iba oscureciendo poco a poco. No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero lo cierto es que se estaba haciendo de noche. Parada en medio de ese bosque se dio cuenta por primera vez del sonido de los animales. Era el sonido de un mundo vivo. Eso le remontó hasta un tiempo en el que perteneció a otro mundo. Un mundo al que había renunciado y en ese momento no sabía muy bien por qué. Su cabeza parecía un torbellino incansable, pero su cuerpo no podía mas, así que se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra una roca mientras la noche se dejaba caer lentamente sobre ella. El sonido de los animales y del suave viento que se filtraba entre las hojas de los árboles la mecían. El aroma inconfundible de la naturaleza la embriagaba y poco a poco se dejó llevar por todo ello hasta un sueño plácido y profundo. La noche cayó del todo sobre ella.


...Capítulo 6