PESADILLA
Capítulo 3


Al rato llegaron a otro lugar donde había mas edificios, aunque estos eran de menor altura que los que había visto anteriormente, y tampoco había el movimiento de gente que había en el otro lugar. Todavía sin mediar palabra entraron en una casa de poca altura de color crema que parecía una especie de iglú, por lo menos en su forma externa, sin aristas y con esos curiosos orificios en las paredes. La puerta por la que entraron tenía una forma oval.

Las paredes de la casa en el interior eran también de un color crema pero de alguna forma no parecían estar pintadas. Su color aparentaba ser el natural del material con el que estaban construidas. Subieron por una escalera y entraron en una habitación. Una vez dentro, el hombre le invitó con un gesto a tomar asiento en un pequeño montículo que había a su derecha y él se sentó en otro que había un poco mas allá. Ella le miraba con curiosidad, como si tuviese un montón de preguntas en su cabeza esperando el momento para salir a borbotones por su boca. Entonces él le miró fijamente a los ojos como si intentara decir algo pero no dijo nada. Después de un rato el hombre abrió sus labios y por su boca salieron algunos sonidos incomprensibles. Se quedó un rato pensando, como si intentara rescatar algo de su cerebro y entonces dijo:

-         Perdona, pero es que casi he olvidado como se hacía.
-         ¿Cómo se hacía el qué? – Respondió ella.
-         No levantes demasiado la voz. Ellos no deben saber que estás aquí.
-         ¿Quiénes?
-         Ellos, el resto. Tu no eres de aquí, eso ya lo sé, pero ellos todavía no lo saben y es conveniente que no lo sepan de momento, y quizás sea mejor que no lo sepan nunca.
-         No entiendo nada de lo que me estás diciendo, así que me gustaría que me dijeras donde estoy o por lo menos que está pasando.
-         Ya sé que todo esto te puede parecer un poco raro, pero creo que tú también has cruzado el nudo de inflexión.
-         ¿Qué? ¿Qué nudo?
-         Yo tampoco pertenezco a este lugar y por eso te he reconocido, pero ellos no lo saben. No sé si vengo del mismo sitio que tú, pero lo cierto es que yo tampoco soy natural de aquí.
-         Sigo sin entender nada. ¿Podrías ser un poco más claro?
-         Mira, antes de empezar a contarte nada, te tengo que decir que aquí no puedes hablar, nadie de por aquí lo hace, así que mientras te explico lo que yo sé, deberemos hablar muy bajo si no queremos tener problemas.

Ella se quedó pensando un momento en lo que acababa de decirle ese hombre, y decidió que lo mejor sería seguirle la corriente por el momento, por lo menos hasta que tuviera alguna idea, por leve que fuera, de donde estaba y de como salir de ese lugar. Entonces asintió y con un gesto le invitó a que siguiera.

-         Lo que voy a contarte es mi experiencia personal y con ello tú tomaras una decisión, pero no quiero verme involucrado en lo que tu decidas, ¿vale?
-         De acuerdo. Pero para empezar me gustaría presentarme. Me llamo Elena.
-         Yo me llamo Alfredo. Es un placer Elena, pero no podemos perder mas tiempo. ¿Empezamos? – Y le miró como buscando su aprobación, a lo que Elena respondió asintiendo sin decir ni una sola palabra. – Bien.  Yo me acosté en mi cama como solía hacer todas las noches, y cuando me desperté estaba aquí, bueno, no exactamente aquí. Me desperté en una especie de cueva de la que tuve que salir a tientas porque no se veía nada. Salí a la superficie por un agujero que según lo traspasé desapareció ante mis ojos. Al igual que tú, imagino.
-         Hasta ahí conozco la historia, sí.
-         Bueno, pues entonces se acercó hasta mí una mujer tal y como yo he hecho contigo y después de llevarme a su casa, me contó todo lo que sabía de este mundo.
-         Ahá. Y, ¿qué te contó?
-         Pues simplemente me contó una serie de normas que debería cumplir a rajatabla si quería permanecer aquí.
-         ¿Cuáles son esas normas? ¿Y porqué debería querer quedarme aquí?
-         Primero te contaré lo de las normas. Lo otro lo tendrás que responder tú misma. En eso no puedo ni debo entrar yo.
-         De acuerdo – Respondió Elena. – Adelante entonces con esas normas.
-         Vale. La primera es que la gente aquí no habla para impedir la contaminación acústica. De ahí que antes tampoco pudiera yo hacerlo. Llevo tanto tiempo sin hablar que ya casi se me había olvidado.
-         Y, ¿cómo os comunicáis?
-         Por la mente. Al principio es algo difícil, pero si decides quedarte aquí, tendrás que permanecer una temporada sin salir de casa hasta que te acostumbres. De hecho ésta va a ser la única conversación que tengamos mediante la voz.
-         Supongo que cuando me hayas explicado el resto lo entenderé mejor, porque por ahora todo esto me suena a chino. Es como si estuviese dentro de un curioso sueño y tengo la sensación de que en cualquier momento me despertaré.
-         Y de algún modo es así. Pero vamos a seguir por donde íbamos. Aquí hay que mostrarse natural, y con ello me refiero a los instintos. La gente de este lugar no reprime sus instintos, de hecho es una parte muy importante de sus vidas en todos los aspectos. Por otro lado tampoco puedes impedirlos, ya que con la  comunicación mental podrían leer tus pensamientos y saber si estas intentando ocultar algo o transformarlo, y eso te delataría enseguida, ya que nadie de aquí lo hace.
-         ¿Te refieres a que si yo pienso algo malo de alguien, debería mostrarlo de ese modo? ¿Sin tapujos?
-         Exactamente. Algo malo o algo bueno, según sea el caso.
-         Ya... bueno. – Se quedó pensando un momento como intentando comprender la magnitud de ese hecho.
-         De ahí también la necesidad de quedarte en esta casa unos días si por fin decides quedarte, no sea que metas la pata sin querer. Otra cosa importante aquí es el modo de vestir. La gente no se viste por gusto, sino para demostrar sus preferencias.
-         No entiendo.
-         Pues veras. Si llevas pantalones y camisetas, es que eres alguien a quien le importa el aspecto físico. Si llevas algo como lo que yo llevo, es que te importa el interior de la gente. De este modo, no nos engañamos los unos a los otros y la gente se relaciona según sus preferencias. También puede ocurrir que cambie tu forma de ver las cosas, entonces lo único que tienes que hacer es cambiar tu modo de vestir y ya está. Nadie te hará preguntas ni nada por el estilo. Se entiende que lo haces por convencimiento propio.
-         Ahá.
-         Otra cosa es el trabajo. Aquí no hay jefes ni subordinados. Cada uno acude a su puesto de trabajo por gusto y hace lo que mejor sepa hacer. Si en algún momento quieres cambiar de trabajo también puedes hacerlo. El caso es que todos producimos en función de nuestras capacidades, o estudiamos para hacerlo. De este modo el trabajo se hace de una forma sincera y la producción es mayor. No hay sueldos ya que al igual que unos se encargan de construir viviendas, otros están cultivando alimentos o haciendo vestidos, que es lo que mejor saben hacer, o lo que les gusta y así nadie tiene ninguna carencia. En esta sociedad, lo primordial es tener todas las necesidades cubiertas. Se tiene la certeza de que tu esfuerzo es tan válido como el de cualquier otra persona, y el de otra persona tanto como el tuyo propio. No hay envidias, y como no hay escalafones, no existe la trampa de querer ascender a ninguna parte, porque por otro lado, como ya te he dicho, tampoco existe una remuneración directa a tu trabajo, salvo la satisfacción de saber que has hecho algo válido y de provecho que servirá para la comunidad del mismo modo en que la comunidad te sirve a ti. Y eliminados los sueldos, eliminadas las clases. En las escuelas se les enseña a los niños orientación laboral entre otras asignaturas. Los horarios los eliges tu mismo. O sea, que si un día quieres entrar a las ocho de la mañana, entras a esa hora y sales a la hora que quieras, y si al día siguiente quieres ir a otra hora o no ir, es cosa tuya. Ya se parte de la base de que a todo el mundo le gusta su trabajo y por ello querrán ir a trabajar por voluntad propia.
-         Ya, pero eso creará algunas carencias en algunos campos, ¿no? Me refiero a que habrá cierto tipo de tareas que nadie quiera hacer.
-         No te creas. Normalmente todos los puestos de trabajo están cubiertos. De todos modos, cuando se llega a un punto en el que hace falta gente para hacer algo, se ponen unas listas en el edificio central de la ciudad y no pasa ni un día antes de que el problema esté resuelto.
-         Todo eso suena maravilloso, pero no sé, ¿dónde está la trampa?
-         Eso es lo mejor, no hay trampa. Aunque te parezca increíble, aquí todo está estructurado de una forma que funciona. Es una cuestión de principios la que ha hecho de este lugar un sitio de algún modo perfecto.
-         Vaya. Si realmente todo lo dices es verdad, no me extraña que te quedaras aquí. Yo incluso me estoy planteando la posibilidad de hacerlo. ¿Me ayudaras en ello?
-         Claro que sí. De hecho por eso te estoy explicando todo esto, para que si decides quedarte, sepas porque lo haces y también que cuentas con mi ayuda para ello. Pero tienes que seguir las normas, sino se darán cuenta de que no eres de aquí y...
-         ¿Y? ¿Qué pasaría entonces?
-         La verdad es que no sé muy bien que pasaría si lo descubrieran. Se habla de unos controladores del sistema que cuando se dan cuenta de que alguien ha irrumpido en el lugar, se lo llevan. Lo que no sé es a donde.
-         Ahá. Lo tendré en cuenta. Entonces, ¿cuándo podré salir a la calle?
-         No lo sé. Ya lo iremos viendo. Todavía tienes que practicar mucho. Para empezar tienes que aprender a no utilizar la voz. Eso sólo te llevará un tiempo. No es fácil al principio.
-         De acuerdo. Seguro que el esfuerzo merece la pena. Cuando quieras empezamos.
-         Ya lo hemos hecho.

...Capítulo 4