Pedro en los Libros
Francisco Almazán Orejuela

CAPITULO V


                                                                 

Llegó un momento en que el agujero se acabó, pero Pedro no se detuvo sino que continuó cayendo, pero esta vez desde el cielo hacia la tierra. Hasta que el techo de una cabaña lo frenó cuando lo atravesó y cayó sobre una cama.
Pedro suspiró y un poco aturdido intentó levantarse, cuando de repente la puerta de la habitación se abrió y apareció una mujer que le dijo a Pedro:

-Lázaro hijo, tengo que hablar contigo.
-Me he caído del cielo.-dijo Pedro aún aturdido.
-Claro si no fueras tan travieso, no te pasarían estas cosas, mira lo que has hecho con el techo Lázaro.
-Mire se ñora que yo no soy Lázaro, y de verdad me he caído en un pozo y luego caí por el cielo y atravesé el techo.
-¡Que tu no eres Lázaro! si lo sabré yo que te he parido.
Mira dejate de tonterías y escucha lo que tengo que decirte: sabes que desde que tu padre se fue a la guerra con los moros hemos ido de mal en peor, apenas tenemos comida y he decidido que te vallas de guía con un señor ciego, el te alimentará y te cuidará.
-Pero yo..., es que yo..., balbuceó Pedro.
-Calla, ya se que esto es muy duro para los dos pero no hay otro remedio.

Los dos bajaron de la habitación y allí estaba el hombre ciego, sentado en una silla, con un bastón de madera como impaciente por marchar.
-Mira Lázaro, este es el señor del que te he hablado, saluda.
-¡Hola! ¿como esta usted?
-Bien muchacho ¿que edad tienes?.
-12 años.
-Acercate que te toque la cara, quiero saber como es tu rostro.

El ciego comenzó a palpar la cara de Pedro, pellizco sus mejillas, estiro sus orejas y dijo:
-No es muy guapo el muchacho, además es bajito y enclenque pero creo que servirá.
La mujer se acercó a Pedro y le dijo:
-Bueno Lázaro, es hora de despedirnos, espero que no te olvides de tu madre.
Pedro alucinado y perplejo, emprendió el camino con el viejo ciego y caminando el ciego le dijo:
-Mira Lázaro para llevarnos bien tienes que hacer todo lo que diga y no te faltará la comida.
-No se preocupe que yo estoy aquí para lo que mande.

Después de unas horas caminando, decidió el ciego acampar bajo un olivo del camino, para pasar la noche.
-Vamos a descansar. Mañana llegaremos a Salamanca.
El viejo sacó de su talega un queso y empezó a cortarlo mientras decía a Pedro:
-Sabes que es lo mejor del queso.
-No, ¿que?.
-Pues la piel, la piel es buena y muy rica.
-¿La piel? pues nunca he comido la piel del queso.
-Toma y prueba.
Pedro cogió una porción de cascara del queso, la probo y dijo:
-¡Ah! ¡esto está asqueroso!.
El ciego le dio un cocorote con un largo bastón de pino y le dijo:
-Maldito Lázaro encima que te doy lo mejor, protestas, pues te quedas sin cenar.

Después de zamparse todo el queso, el ciego se quedó dormido, Pedro tumbado observaba las
estrellas pensando que ocurriría con él. De pronto Pedro escucho una voz.

-¡Impostor!, ¡quitadestinos!.
-¿Quién anda ahi?
-¡Soy el autentico Lázaro! ¡usurpador!.
-¿Donde estas que no puedo verte?.
-Claro, porque has ocupado mi lugar.
-Pero yo no tengo la culpa.
-No claro, la culpa la tiene mi tia, pero yo tengo la habilidad de introducirme en tu cuerpo y ocupar mi lugar durante dos minutos, la venganza es dulce.
-Pero Lázaro, yo no tengo la culpa.
-¡Calla usurpador! Ya volveré.

Al día siguiente se encaminaron Pedro y el ciego hacia Salamanca y al llegar al centro de la ciudad el ciego dijo:

-Bien Lázaro acércame a una esquina, coge el cuenco y empieza a pedir limosna.
-Pero yo no se pedir.
El viejo con una rapidez de galgo le arreó otro cocotazo en la cabeza al pobre Pedro.
-No me repliques y haz lo que te digo.
Pedro empezó a pedir y después de un par de horas, algunas monedas cayeron en el cuenco. De repente algo estremeció su cuerpo, sintió un escalofrío por todo su cuerpo y una voz le dijo:
-¡Hola! ¿te acuerdas de mí? Soy Lázaro, el auténtico Lázaro y he venido a ocupar mi lugar dentro de tu cuerpo.

Y sin decir más se introdujo en el cuerpo de Pedro. Ya no tenía Pedro control de su cuerpo, de sus actos y Lázaro cogió las monedas de mas valor y las apretó en la mano derecha del pobre Pedro.
-¿Que haces Lázaro? Ven aquí.-dijo el viejo ciego.
-Voy señor, enseguida voy.
-Bueno Lázaro contemos las monedas a ver que tal se ha dado el día.-el viejo empezó a contar una detrás de otra y al terminar exclamó:
-¿Como es posible que solo hayan perras chicas y ni una sola perra gorda?.
-Pues no sé señor. -replicó Pedro.
-¿No me estarás robando, Lázaro?
-Yo no, jamás haría tal cosa, me permite que vaya a orinar.
-Bien, pero no tardes.
A pocos metros Pedro se paró, abrió su mano y vio que tenía tres monedas.
-Bien ¿cuanto dinero tenemos?.-dijo la voz de Lázaro.
-Has sido tú, no vuelvas a meterte en mi cuerpo, me has convertido en un ladrón.
-¡Ja,ja,ja! no puedes evitarlo, usurpador, yo tengo que cumplir mi destino y lo que esta escrito no se puede cambiar. Además seguro que tienes hambre, pues la cascara de queso no es un manjar precisamente.
-Pues si, la verdad, es que tengo hambre.
-Mira ves a esa panadería y comprate dos buenas barras de pan.

Pedro compró el pan, se sentó en la calle y comenzó a comerselos, tal era el hambre de Pedro, que acabó con las dos barras de pan en un santiamén y luego volvió con su querido ciego.
-¿Dónde te habías metido Lázaro? hace rato que te fuiste.
-Es que no encontraba un sitio adecuado para mis necesidades.
-¡No digas tonterías! mira, ahora que lo dices yo también tengo ganas de echar una meadita, llevame al mismo sitio al que tú has ido.
-Es que no me acuerdo.- y de premio otro garrotazo en su abollada cabeza.
-Vamos, llévame y que sea un sitio muy discreto.

De camino hacia una arboleda cercana, pasaron por una plaza y la voz del auténtico Lázaro hablo a Pedro:
-¡Eh , tú! para y dile que ya puede mear aquí.
-¿Aquí? pero si estamos en mitad de la plaza.
-Es igual, ya veras que risa.
Pedro no solía ser malo, pero por la influencia y la insistencia de Lázaro, accedió a la macabra broma.
-Bueno ya hemos llegado.
-Es aquí seguro, oigo muchas voces.
-Tranquilo, estamos entre unos árboles y nadie podrá verle.
-Bueno vamos allá.
Sin saber nada, el pobre hombre comenzó a orinar en mitad de la plaza y casi cuando había terminado, una señora que pasaba se quedó mirando, se acercó con cara de pocos amigos, y dijo:
- ¡Es usted un guarro!
-¡Plaf! (tremenda bofetada).
-¿Cómo se atreve a orinar en mitad de la plaza?
-¡Maldito niño! cuando te agarre te parto el lomo.
Pedro intentó escabullirse pero no pudo escapar del garrotazo en su espalda.
-¡Y esta noche te quedas sin cenar! ¿está claro?
Y esa noche Pedro durmió con un gran vacío, bueno relativamente, menos mal que se comió dos barras de pan.

Al día siguiente, Pedro y el ciego emprendieron camino hacía nuevos lugares y por el camino, se cruzaron con un hombre que llevaba en su carro varios barriles de vino para vender, muy amablemente regaló una jarra de barro llena hasta el borde de vino, que de solo olerlo se le hacía la boca agua.

-Sentémonos aquí, que voy a descansar y probar este vino, tú Lázaro, acércate al río que escucho y bebe todo el agua que quieras, que mi padre me decía siempre:
-Los niños si beben vino no crecen.
-¿Y como es que usted mide solo metro y medio?
-Mira que eres respondón niño, te estás ganando otro capón.
-Bueno, bueno, no se altere, ya me voy.
De camino hacia al riachuelo de nuevo el auténtico Lázaro habló a Pedro:
-Que lástima, con lo bueno que está el vino y t ú no lo vas a catar.
-Me da igual, no me gusta el vino.
-Lo has probado.
-No.
-Entonces ¿Cómo sabes que no te gusta?.
-¿Y a qué sabe?
-A vino, tontorrón.
-Bueno da igual, no quiero.
-No te puedes negar.
-He dicho que no.
-Solo tengo que introducirme en tu cuerpo y ya está, a por el vino.
-Ni se te ocurra Lázaro.
-Si.
-¡No,no y no!

Sin poder hacer nada, el espíritu de Lázaro se introdujo en el cuerpo de Pedro. Lázaro, cogió una fina caña y la vació por dentro, se acercó con sigilo e introdujo la caña en la jarra de vino.
El pobre ciego si sospechar nada, se embelesaba con un pequeño sorbo que tomó y que estaba degustando lentamente. Mientras, Lázaro llegaba al fondo de la jarra y se produjo el típico ruido que se escucha cuando sorbes con pajita y se acaba tu bebida. El ciego se percató de lo que estaba pasando y alzó con rabia la jarra que se partió en la cabeza del pobre Pedro.

-¡Ay,ay! ¡que daño!.
-¡Maldito granuja! Te has bebido mi vino, si te agarro no te vas a sentar en un mes.

Cuando las cosas se calmaron, continuaron su camino y Pedro no paraba de tocarse el enorme chichón y algo dentro le decía ¡venganza! ¿sería Lázaro o sería su auténtica personalidad?.
Después de una jornada agotadora llegaron a un pequeño pueblo y a su pequeña plazole ta, las casas estaban en alto, levantadas por unos pilares redondeados y de piedra y así, se conseguía un paseo por debajo de las casas. Durante todo el día estuvo amenazando lluvia y justo en ese momento, comenzó a llover.

-¡Diablos! como cae, Lázaro llévame a cubierto.
En su carrera hacía cubierto, Pedro recordó su chichón y sin pensarlo dos veces dijo.
-Salte usted, que hay un enorme charco.
El ciego saltó, pero no sabía que muy cerca, había un pilar con el que se dio de morros y cayó hacía atrás dándose otro porrazo.
-¡Oh! Perdone, no me había dado cuenta del pilar se encuentra usted bien.
-¡Ay, ay!¡maldito niño! ¿es que quieres matarme?
-Mira lo que has hecho por tu culpa he perdido dos dientes.
-De verdad que no era mi intención, ha sido sin querer.

Pedro ayudó a levantarse al maltrecho anciano y cuando ya estaban a cubierto de la tremenda tormenta, el viejo cogió a Pedro de las orejas, lo levantó en vilo y le dijo:

-¿Así me pagas que te alimente y te cuide granuja?

El ciego soltó al pobre Pedro que parecía un elefante y sus orejas a parte de grandes, estaban rojas como tomates.

Consiguieron pasar la noche en un establo y Pedro se quedó otra noche más sin cenar. A la mañana siguiente el estómago de Pedro cantaba tragedias del hambre que tenía y decidió pedir.

-¿Puede darme algo de comer?
-¿Otra vez niño?, siempre estás pidiendo-dijo el ciego refunfuñando.

Abrió su alforja y sacó dos manzanas, sacó también una navaja y comenzó a pelar la fruta con tal maestría, que salió toda la piel de una sola pieza.
-Toma, que te doy lo mejor de la manzana pues en la piel es donde está todo el sabor.
-Pero ¿solo me da la piel? ¿porque no me da la mitad de la manzana?
-Encima que te doy lo mejor, te quejas, toma y da gracias.

Después del suculento desayuno, partieron hacía nuevos lugares. De camino pasaron por la linde de un viñedo y al ciego le llegó el aroma de las uvas.

-Lázaro, ¿estamos cerca de un viñedo?¿verdad?
-Sí, aquí al lado.
-Acércate y coge un racimo de uvas.
-Pero eso es robar.
-No tonto, es engrandecer las uvas del señor del campo pues si son sabrosas y de buen tamaño se lo diremos a las gentes que encontremos y seguro que se las compraran a un precio más alto.
-Bueno, pues si es así, ayudaremos al hombre, una buena publicidad siempre viene bien.
-¿Publicidad? ¿que es eso?
-Da igual, no lo entendería.

Pedro entró en el campo y vio un enorme racimo que br illaba con el reflejo del sol, su estómago comenzó a cantar melodías de aleluyas sin pensarlo dos veces, arrancó el enorme racimo y justo en ese momento, una voz gritó a pocos metros de Pedro.

-¡Quieto ladrón! ¿como te atreves a robarme mis uvas?
Era el amo del campo que con su enorme perro, iba hacia Pedro con mala uva (nunca mejor dicho).
-No se enfade buen hombre, que la publicidad es cara y nosotros se la haremos gratis.
-Que publileches ni que gaitas, me estas robando y no lo voy a permitir. ¡Ataca lobo! muerdele en sus posaderas.

El perro arrancó con fiereza a la carrera hacia el asustado Pedro que viendo lo que se le avecinaba comenzó a correr como alma que lleva el diablo. Metro a metro, el feroz perro avanzaba hacia Pedro. Pedro no encontraba escapatoria y sin soltar el racimo de uvas,
se lanzó de cabeza entre unos matorrales, sin darse cuenta de que no eran unos simples matorrales, sino una zarza. El perro, al llegar a las zarzas se detuvo pues ya conocía los efectos de las espinas. El agricultor a lo lejos no veía a Pedro y llamó a su perro.

-¡Lobo! ¡ven aquí! se ha escapado, pero cuando lo pille se arrepentirá.

Cuando pasó el peligro, Pedro salió de su escondite lleno de arañazos y espinas clavadas.
-Lázaro ¿donde demonios te has metido?-gritó el viejo.
-Ya voy, ya voy.
-¿Porque has tardado tanto?
-Por nada, solo me han entretenido unos amigos.-dijo Pedro un poco alterado.
-Bueno, vamos a comernos estas maravillosas uvas, para que veas que soy generoso, nos las repartiremos a partes iguales y las iremos cogiendo una a una ¿vale?, pues empecemos.

Pedro que no estaba muy convencido con el reparto, decidió alterarlo y mientras el ciego cogía una a una Pedro cogía dos y cuando terminaron con el racimo el viejo dijo:

-Pues si que era pequeño el racimo, podías haber cogido uno mas grande.
-He hecho lo que he podido.
-Bueno continuemos nuestro camino.

Casi anocheciendo, llegaron a una posada y decidieron pasar la noche a cubierto. Estando en el salón junto a la chimenea el viejo sacó de su alforja una enorme y gruesa longaniza y dijo:

-Anda Lázaro pinchala en un palo y me la asas para cenar.
-Que bien, hoy cenaremos carne.
-No, para ti no es, para ti tengo algo mejor, toma este nabo sabroso y delicioso.
-Pero yo no quiero eso, yo quiero longaniza.
-¡Plaf!
La torta sonó en toda la posada.
-Desagradecido, después de que te alimento te quejas, asa la longaniza y no repliques.
Cuando iba a pinchar la longaniza, la voz de Lázaro habló.

-¿Vas a dejar que te trate así? yo de ti me comería la longaniza.
-Pero si me como la longaniza se enfadará y me volverá a pegar.-dijo Pedro resignado.
-Seguro que tu corres más rápido que él.
-No, no esta bien.
-Bueno, veo que no te decides, entonces tendré que actuar yo.
-No se te ocurra entrar en mi cuerpo.

Aún no había terminado de decirlo y Lázaro entró en el cuerpo de Pedro, cogió el nabo, lo pinchó en un palo y lo aso a fuego lento.

-Falta mucho Lázaro.-dijo el anciano hambriento .
-No, ya casi esta.
-Venga que tengo mucha gana.
Lázaro con una cara de pillo t remenda le acerco el nabo ennegrecido por el fuego y le dijo:
-Coma rápido para que no se le enfríe
El ciego dio un enorme bocado y al instante escupió.
-¡Ah! ¡que asco!, que me has dado demonio de crio, esta vez te vas arrepentir.

Lázaro salió corriendo de la posada como un galgo y se alejo todo lo que pudo, de pronto se detuvo y Lázaro salió del cuerpo de Pedro y Pedro pudo ver a Lázaro en carne y hueso.
-Te veo, por fin puedo verte.
-Si, creo que es hora de que ocupe mi lugar.
-¿Y que harás ahora?.
-Bueno, pues no se, con el ciego no puedo volver pero presiento que mi aventura no acaba aquí, me guiará mi destino, ¿y tu que vas hacer?.
-Yo, intentaré regresar a mi casa.
-Se que pronto volverás.
-¿Y como lo sabes?
-Bueno una simpática señora me pidió un favor.
-Por casualidad ¿no tendría el pelo de colores?.
-Si, tenia el pelo de colores, pero no puedo decirte más.
-Pero necesito que me ayudes.
Una ligera brisa alzó las hojas secas y lo que fue una brisa se transformo en el conocido torbellino que de nuevo absorbió a Pedro.

-Adiós Pedro que tengas suerte.-dijo Lázaro despidiendose.


..... Capítulo VI