La Hora de la Fábrica
Jose Vte. García


   Esa mañana se levantó temprano como todos los días, a las 6,30, que era a la hora en que solía poner el despertador, entraba a trabajar a las 8, pero no le gustaba ir con prisas, a su lado, su mujer hizo un ruido, como diciendo algo, pero se dio la vuelta y siguió durmiendo.

Se fue vistiendo, de forma parsimoniosa, mientras pensaba en los años que llevaba levantándose cada día a esa hora para ir al trabajo, hacía ya 37 años que trabajaba en la misma empresa, montando muebles, había entrado recién cumplidos los dieciséis años, cuando, por no querer estudiar, su padre le colocó en el pequeño taller de muebles, propiedad de un amigo suyo, y que con el tiempo se convertiría en una gran fábrica que exportaba a muchos países.

El amigo de su padre, hacía varios años que había fallecido, y eran sus hijos, quienes, tras sus estudios, y su formación universitaria, se habían hecho cargo de la empresa, transformándola del pequeño taller que fundó su padre, a la gran fábrica que era ahora, por su buen hacer, una buena gestión, y a las magníficas subvenciones para la exportación, que recibían gracias a sus buenos contactos políticos, según se decía en las asambleas sindicales que los reunía todos los años.

Mientras se afeitaba, rutina que hacía, todas las mañanas sin falta, se observó en el espejo, tenía ya 53 años, y empezaba a tener un aspecto algo avejentado, su pelo se había llenado de canas, y las arrugas empezaban a cruzar su rostro, denotando cierto cansancio.

Una vez terminado, se dirigió, lentamente, a la cocina, y se dispuso a preparar café, este era, sin duda, uno de los momentos del día que mas apreciaba, le gustaba mucho sentir su aroma inundando la cocina por la mañana, generalmente era lo que terminaba por espabilarle de la somnolencia que aun pudiera arrastrar, pero ese día, extrañamente, no terminaba de despertar, sentía como si estuviera entre vapores, como en una nube, como si aun estuviera en una duermevela, no le dio importancia, últimamente se sentía mas cansado de lo habitual, y la noche anterior le había costado conciliar el sueño, a eso achacó la sensación que tenía.

Mientras se tomaba el café con unas magdalenas en la mesa de la cocina, le vinieron a la mente sus hijos, ya se habían casado los dos, el pequeño de ellos hacía un año, y además Luís, su hijo mayor, iba a tener un hijo ese mismo año, cosa que le hacía mucha ilusión, aunque eso supusiera pasar directamente al rango de abuelo.

Los dos hijos trabajaban también en la fábrica de muebles, aunque él hubiera querido que estudiaran algo de porvenir, no tenía mas remedio que aceptar que habían salido a él, y lo de estudiar no iba con ellos, así es que conforme fueron haciendo la edad para trabajar había conseguido que los fueran colocando, no sin muchos ruegos a los encargados, y algunos que otros días sacrificados de las vacaciones, pero había valido la pena, ahora estaban colocados, y además los podía ver todos los días, yéndose, incluso, a almorzar los tres juntos todas las mañanas.

Ya eran las 7,10, el autobús no pasaba hasta las 7,30, y además tenía la suerte de que éste paraba en la puerta de su casa, y eran quince minutos lo que le costaba llegar a la fábrica. Se asomó a la ventana, e hizo un gesto de contrariedad, estaba lloviendo, y hacía frío, con resignación y tras coger el bocadillo envuelto en papel de aluminio, se puso el abrigo, cogió el paraguas, y se dirigió a la puerta para marcharse, entonces vio que se encendía la luz de su habitación y oyó unos pasos que se acercaban lentamente. Se alegró de que su mujer fuera a despedirle.

- ¿Dónde vas a estas horas? – le preguntó con voz cansada

- ¡A trabajar!, ¿donde voy a ir?

- ¡Pero Carlos, ya es la tercera vez que te pasa, ¿es que no te acuerdas que la semana pasada cerraron la fábrica?

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