EN OTRO LUGAR
Charo Álvarez


 
   Aquel día se levantó y mientras hacía aquello que era tan cotidiano para ella, se quedó pensando que ya no se sentía completa. Ese sentimiento le llevaba acompañando los últimos tiempos, y aunque al principio lo había achacado al trabajo u otras cosas más triviales de su vida, últimamente había empezado a cobrar forma real y al final, ese día tuvo la certeza total de lo que le pasaba.

Después de darle vueltas al asunto durante un buen rato, mientras desayunaba, llegó a la conclusión de que no podía seguir con esa situación y decidió partir en busca de un lugar mejor.
Ese lugar, de momento, solo existía en su imaginación, pero algo dentro de ella le decía que si caminaba lo suficiente se haría real, y si tenía la entereza y confianza necesarias, lo encontraría. De eso estaba segura.

Con tan sólo lo puesto y una emoción que le invadía todo el pecho, se echó a andar.

Al principio sus pasos eran pesados. Costaba caminar con tantas costumbres sobre sus hombros y por un momento creyó que no podría conseguirlo, pero llegado a este punto de su vida no podía permitirse el lujo de permanecer mas tiempo en un sitio que no le proporcionaba ninguna satisfacción.

Entonces giró la cabeza y los reconoció. Sobre ella se posaban el miedo, el fracaso, la inseguridad y el olvido como si de duendes macabros y traicioneros se trataran. Decidió dar un paso más y luego otro, y a medida que avanzaba se hizo más fácil caminar. Entonces uno a uno, los cuatro duendes que le acompañaban se fueron cayendo y se quedaron atrás a pesar de sus esfuerzos por alcanzarla.

La calle se deslizaba ahora rápidamente bajo sus pies y su caminar se tornó ligero y sencillo. Al doblar una esquina se encontró vestida de luz a la esperanza, que al verla caminar de ese modo decidió acompañarla, a la par que le hablaba con voz dulce y alentadora.

Mientras cruzaba la ciudad que tantas veces había transitado, descubrió los rostros grises y pesados de gentes conocidas que se giraban a su paso. Incluso algunas de esas gentes extendían sus brazos para intentar detenerla. Otros la miraban con ojos llenos de lágrimas, como entendiendo a donde se dirigía y se ponían a correr a su lado para acompañarla, o para que les echara una mano, no lo sabía muy bien, pero no pasaba mucho tiempo antes de que sus cuatro duendes personales hicieran acto de presencia y les detuvieran. Esos últimos se quedaban tirados en la acera y se despedían de ella desde la distancia.

Mas adelante apareció la ilusión con un hermoso traje amarillo que le llegaba hasta los pies. Los tres se saludaron amablemente acelerando su paso, un paso que ya no sucedía sobre el suelo, sino a cierta altura.

Poco a poco, la ciudad comenzó a perder su forma. Esa que tan bien había conocido durante tanto tiempo. Las calles se desdibujaban perdiéndose por los lados como si de trazos de acuarela se trataran, y a lo mejor siempre había sido así, solo que no se había dado cuenta de ello hasta este momento.

A medida que avanzaba, acompañada de la esperanza y la ilusión, se daba cuenta de que algo faltaba todavía y, como si de ese modo la hubiese invocado, apareció de improviso la tranquilidad, que antes de poder verla realmente se introdujo dentro de ella inundando todo su cuerpo.

Fue entonces cuando tuvo la sensación de que su viaje no tenía vuelta atrás. Ya no necesitaba caminar para seguir avanzando. Todo sucedía por inercia, como si hubiera tomado una calle mecanizada en la que solo había que pararse y dejar que ella hiciera el resto.

A lo lejos apareció un punto de luz que fue creciendo poco a poco hasta convertirse en una puerta hacia la que se dirigían rápidamente. Por un momento creyó que incluso se estrellarían contra ella pero cuando hubo estado tan cerca que casi podía tocarla, el viaje cesó repentinamente.

En ese momento la esperanza, la ilusión y la tranquilidad la miraron a los ojos con dulzura y comprensión. La invitaron a entrar por esa puerta ante la cual se habían detenido, y haciendo unas gráciles cabriolas luminosas a su alrededor, se trenzaron en un mágico vuelo y se alejaron por el mismo sitio por donde habían venido. Quizás vayan a buscar a otra persona, pensó en medio del silencio que reinaba en aquel lugar.

Se quedó mirándolas hasta que hubieron desaparecido en la distancia y entonces se giró hacia la puerta, que estaba tan solo cubierta por una delicada tela blanca a través de la cual se escapaba una cálida luz blanca. Dio un paso adelante para rozar la tela con su cuerpo y ésta le acarició suavemente. De pronto, una mano salió del otro lado de la puerta y la cogió por la muñeca con un gesto delicado. La atrajo hacia el interior mostrándole un lugar de belleza incomparable. Ése, pensó, era el lugar hacia donde se había dirigido toda su vida sin saberlo.

Miró su mano y con ello miró la mano que la tenía sujeta. Con cierta timidez, fue recorriendo con su mirada el resto del cuerpo que acompañaba esa mano hasta llegar a los ojos y entonces descubrió el amor. Con los ojos llenos de lágrimas comprendió porqué sus acompañantes se habían marchado al llegar a esa puerta. Allí dentro no hacía falta ninguna de ellas. El sentimiento que ahora tenía era tan fuerte y tan intenso que no hubiera habido cabida en su interior para nada más. Abrazó al amor y cogidos de la mano se alejaron por un sendero de ese mundo donde viviría para siempre, y con un pensamiento generoso hacia toda la humanidad.

Ojalá algún día encontréis el camino a este lugar.

Fotografías Jose Vte. Garcia