DESPERTAR
Jose Vte. García


 
Leonor se despertó sobresaltada, echó una mirada al reloj mientras encendía la coqueta lámpara que tenía en la mesita de noche, éste marcaba las 5,20 horas, se disgustó un poco, últimamente le ocurría con mucha asiduidad, se despertaba sobresaltaba por alguna pesadilla, pero nunca lograba recordarlas.

-¡Tengo que decirle al médico que me recete algo para dormir de un tirón! - pensó

Observó que su marido dormía placidamente al otro lado de la cama. Se quedó mirándolo durante un rato, ya hacía mucho tiempo que había dejado atrás la juventud, lo mismo que ella, tenía el pelo muy canoso, plateado, casi blanco, lo que a sus ojos le hacía parecer muy interesante, para su edad era un hombre elegante y atractivo, al menos así lo veía ella. Mientras lo miraba sintió una infinita ternura hacía aquel hombre que la acompañaba desde hacía cuarenta y tres, era cariñoso y bueno, sin duda había sido el hombre de su vida,

    -¡Mas los 5 años y medio que estuvimos de novios! – solía recordarle él

Sonrió para sí misma, recordando ese comentario, y encima a esas horas, se acercó muy despacio, para no despertarlo, y le dio un suave beso en la mejilla, no estaba muy segura del porque, pero lo que sentía en aquellos momentos era mucho amor, y sobre todo un profundo agradecimiento hacía su marido.

Se sentía eufórica, sin saber muy bien porqué, también sintió algo de hambre, así es que se fue hacia la cocina para ponerse un vaso de leche, abrió la nevera y se llenó el vaso que previamente había cogido, cuando la bebió hizo una mueca de desaprobación, esa leche no le gustaba demasiado, miró el brick y vio que era leche con calcio,  

      -¡Este Alberto siempre compra lo que quiere y cambia las cosas sin consultarme, mañana, sin falta, se lo voy a decir!   

Volvió a la habitación, Alberto seguía sumido en su sueño, y ella se había desvelado definitivamente, así es que se acercó al tocador, y se sentó delante del gran espejo que le devolvió la imagen de una mujer de sesenta y cuatro años, pero aun con un evidente atractivo, se había conservado bien, entre otras cosas porque era muy coqueta y siempre andaba con sus cremas y pociones, siempre le había gustado cuidarse, y a Alberto le gustaba que así lo hiciera. Tenía el pelo de un intenso color blanco y bien arreglado en una larga melena aunque habitualmente lo llevaba recogido, pero ahora lo veía algo alborotado y despeinado de haber estado en la cama, deshizo el moño y el pelo cayó suavemente sobre sus hombros, luego cogió el cepillo, y como tantas veces hiciera empezó a peinarlo mecánica y suavemente, de arriba abajo, por un lado y por el otro, dando muchas pasadas. 

Poco a poco su pensamiento empezó a desplazarse muchos años atrás, recordaba cuando conoció a Alberto, mientras hacía la mili en una base cercana a su pueblo, era un buen mozo, y el traje de militar de paseo le sentaba estupendamente, estuvieron viéndose casi clandestinamente, y cuando él acabó el servicio militar, le prometió que volvería en cuanto encontrase un trabajo para hablar con su madre que era viuda y pedirle su mano, pasaron seis meses durante los cuales solo le llegó una carta de él, diciéndole que no la olvidaba, y que tuviera paciencia, esa carta llegó en el momento oportuno, Leonor ya empezaba a pensar que la había olvidado, y bien es verdad que pretendientes en el pueblo no le faltaban, además su madre la apremiaba para que aceptara a alguno de ellos y no se fiara de las promesas de un desconocido.

Pero regresó, tardó un año, pero cumplió su promesa, había encontrado un trabajo de mecánico a solo 20 km. del pueblo de Valencia donde ella vivía, muy lejos del pequeño pueblo de Teruel de donde era él, pero Alberto no había cejado en el empeño, siempre había estado cerca del pueblo de ella, aunque hasta mucho tiempo mas tarde no se lo confesaría, buscando ese trabajo que le permitiera cumplir su promesa, hasta que lo encontró, durante todo ese tiempo estuvo durmiendo y comiendo donde podía, en habitaciones compartidas y en pensiones que pagaba con los trabajos esporádicos que conseguía, hasta que por fin encontró lo que buscaba, un trabajo que les diera la estabilidad y la seguridad que buscaba para ellos.

La boda fue cuatro años después, en cuanto pudieron ahorrar el dinero suficiente para poder hacerla, se casaron en la iglesia del pueblo de Leonor, fue una boda sencilla, pero bonita, tras un corto viaje de novios se fueron a vivir a la casa que aun hoy habitaban en el pueblo donde Alberto tenía el trabajo.
Durante los cuatro años siguientes fueron llegando sus tres hijos, primero nació Inés, la llamaron así en recuerdo de la madre de Alberto, luego llegó Luís, en esta ocasión quisieron homenajear al padre de Leonor, finalmente, y cuando ya no lo esperaban por consejo del médico tras el difícil parto que había tenido Leonor con Luis,  vino al mundo Leonor, Alberto se empeñó en ponerle el mismo nombre que a su mujer.

Leonor reconoció que estaba algo enfadada con ellos, hacía tiempo que no iban a visitarlos, y que no sabía nada de sus vidas, era algo que llevaba muy mal, sus hijos siempre lo habían sido todo para ella, y no le gustaba nada que no se acordaran de sus padres ahora que les había llegado la vejez. Tenía pensado echarles una buena regañina en cuando los viera.

Poco a poco, y mientras iba desgranando mentalmente esos recuerdos de su vida que tanto le gustaban, fue sintiendo un ligero mareo, nada preocupante, pensó, aunque lentamente sentía que la cabeza se le iba, cada vez le costaba mas pensar con claridad, esos recuerdos que hace unos instantes eran nítidos como el agua, ahora se estaban volviendo lentos y borrosos, pero a la vez iba sintiendo una gran paz interior, empezaba a notar su cabeza como vacía, no pasaba nada, no había dolor, no había rencor, no había preocupación, y eso empezaba a ser una sensación muy agradable, nada era importante, porque nada ocurría, solo veía una imagen reflejada en el espejo que lentamente y con parsimonia se cepillaba el pelo.

Alberto se despertó, vio que estaba encendida la lámpara de la mesita de noche de Leonor, echó un vistazo al reloj despertador y pudo ver que eran las 5,30 horas de la madrugada, su mujer no estaba en la cama, miró por la habitación y  confirmó que, otra vez, estaba cepillándose el pelo frente al espejo de su tocador, ya era la sexta vez que la sorprendía así en las dos últimas semanas, lo había consultado con su neurólogo y éste le tranquilizó confirmándole que no eran raros los episodios de sonambulismo en los enfermos de Alzheimer, así como algunos momentos de lucidez.

Como siempre se acercó a ella despacio, procurando no alterarla demasiado, estaba cepillándose suave y lentamente el pelo blanco que le caía en melena hasta los hombros, tenía una ligera sonrisa y los ojos aunque miraban a su reflejo en el espejo, era en realidad una mirada ausente.

Leonor noto que se le acercaban y la tocaban, era ese hombre de siempre, pero no temió nada, no estaba muy segura de quien era, pero le resultaba familiar, y como además era tan amable y sus gestos y su voz tan dulces, le hacía caso en todo lo que le decía, se sentía segura a su lado, a pesar de no saber muy bien quien era.

     -¡Vamos Leonor, vuelve a la cama, que aun es de madrugada! – le dijo suavemente Alberto, mientras la metía en la cama y la arropaba - ¡mañana es domingo y como todas las semanas vendrán los chicos a verte, ya sabes que viven lejos, por los trabajos y eso, pero que nunca faltan, también van a venir los pequeños, tus cuatro nietos, hay que ver como te ríes con ellos, y es que son unos verdaderos diablillos!

Leonor, dócilmente así lo hizo, cerró los ojos y poco a poco volvió a dormirse, pero esta vez y tras escuchar las palabras del hombre amable, si que soñó, y en ese sueño se vio a si misma rodeada de niños que correteaban a su alrededor, y Leonor sonreía y se sintía feliz.

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