EL PEQUEÑO HUERTO
  (La Historia de los Caseros)
Jose Vte. García

PARTE I

Al sr. Joaquín y a la sra. Tomasa, los conocí hacía ya varios años, eran vecinos del pueblo, y ya tenían una edad, sobre los sesenta años rondarían, no eran personas a las que la suerte hubiera acompañado, el sr. Joaquín había sido labrador, pero nunca había tenido tierras propias, así es que siempre iba de un lado a otro buscando campos que labrar, ó que recolectar, en la época de la siega, para el tiempo de la vendimia o en la recogida de la oliva, allí donde hubiera posibilidad de un contrato de temporero, allí estaba él. Durante un tiempo probó fortuna como albañil, con poco éxito. Su vida era errante, siempre de un aquí para allá, buscando una estabilidad y una seguridad que nunca llegaba.

La sra. Tomasa siempre estaba a su lado, desde que se casaron, siempre habían estado juntos, en las adversidades, y en los momentos de felicidad. Para los tiempos de siega o de siembra, solían ir de finca en finca buscando que los contrataran a ambos, pero no siempre lo conseguían, así es que la sra. Tomasa se encargaba de administrar el poco jornal que traía el sr. Joaquín estirándolo cuanto podía, cuando tenían la fortuna de conseguir que los contrataran a los dos, sobre todo para la siega del trigo, podían, gracias al dinerillo extra, permitirse algún pequeño lujo, como un par de zapatos para ella, o algún pantalón nuevo para el, “de pana gruesa, decía la sra. Tomasa siempre práctica, que duran más”

Tras siete años, y cuando ya no lo esperaban, tuvieron un hijo, al que llamaron Ángel, y ese niño colmó todas sus ilusiones,

- Por muy dura que sea la vida, por muy duro que sea el trabajo, tener a alguien por quién que luchar, lo compensa todo – decía la sra. Tomasa

En las grandes fincas que rodeaban al pueblo, siempre había habido mucha caza, y a los señores de la capital, les gustaba pasar algunos días en los cotos, cazando liebres, perdices y algún que otro jabalí, el sr. Joaquín, gracias a la amistad que había hecho, tiempo atrás, con el mayoral de una de las fincas, por unos trabajos que le hiciera, consiguió que le contrataran durante algunas temporadas como ayudante para llevar las escopetas, y las piezas de caza, por un salario, no muy grande, pero con buenas propinas, ésta era una buena manera de ganarse la vida en las temporadas de poca faena en el campo.

Aquellos tiempos de posguerra, en que el trabajo era escaso y mal pagado, estas eran buenas oportunidades, que no se podían dejar escapar. Pronto, el sr. Joaquín, se destacó por su buen hacer siguiendo el rastro de la caza, incluso competía con los mismos sabuesos, a la hora de capturar la pieza. En poco tiempo alcanzó cierta fama, y consiguió que todos los cazadores quisieran tenerle como ayudante, lo que se convertía en mejores propinas, y alguna liebre o perdiz, que a menudo caía en su zurrón, como regalo de los agradecidos señores. En casa, estos regalos, eran bien recibidos y a los cuales la sra. Tomasa sabía sacarle partido como nadie, con cada liebre, o con cada pareja de perdices, sabía ingeniárselas para tener comida durante cuatro o cinco días.

¡La necesidad agudiza el ingenio! – solía decir

Pasaron los años y el muchacho creció sano y fuerte, así es que unos días después de cumplir Ángel los catorce, el sr. Joaquín pensó que sería buena idea llevárselo con él para que le ayudara, y de paso que se fuera espabilando. Así lo hizo, para Ángel aquello era divertido, le gustaba correr tras los sabuesos para una vez abatida la pieza, arrancársela de la boca al perro, que con saña la mordía y remataba, y así después de enseñársela al cazador, meterla en la cesta que llevaba colgada al cuello en forma de bandolera, los señores valoraban mucho esa actitud y esa buena predisposición que demostraba el muchacho, y así lo confirmaban con las propinas extras que le daban.

Ángel estaba cada vez más entusiasmado con su labor, corría detrás de las piezas como alma que lleva el diablo, pero al quinto día de caza, ocurrió la tragedia, la fatalidad hizo que un cazador novato, y un atribulado muchacho con ansias de agradar, se cruzaran en un desgraciado disparo que paró en seco y para siempre la juvenil vitalidad de Ángel.

La noticia de la muerte del muchacho en aquel desgraciado accidente corrió como la pólvora por todas partes, dejando de luto a toda la comarca, la partida de caza se suspendió temporalmente.

Al sr. Joaquín le pagaron todos los gastos del entierro además de darle un sobre con cinco mil pesetas - “Para reparar, en lo posible, el terrible daño que se ha causado debido a un desgraciado y fortuito accidente” – les dijeron, al darles el pésame después del entierro, al sr. Joaquín y a la sra. Tomasa

El sr. Joaquín nunca volvió a ser el mismo, un sentimiento de culpa le bloqueó durante mucho tiempo y le amargó durante toda su vida, la sra. Tomasa, con mas entereza, tomó las riendas de la casa, y sobreponiéndose, casi obligó a su marido a asumir la situación

- Le llevamos en nuestro corazón y es lo único que importa. Nuestro hijo nos guía y quiere que sigamos adelante – le decía constantemente.

El sr. Joaquín dejó, para siempre, la caza, volvió a buscarse la vida como temporero, ofreciéndose por lo que le pagaran, y trabajando de sol a sol, sin descanso, siempre por unas pocas pesetas. La sra. Tomasa tuvo que volver a hacer de la necesidad un arte para sobrevivir.

Y así fueron pasando los años, con sus vidas errantes, otra vez sin techo fijo, y con pocas esperanzas, con cada año que pasaba las jornadas de trabajo que conseguían eran menores, ya no rendían como antes, así es que iban cogiendo los trabajos que nadie quería y los peor pagados.

PARTE II

Mi padre siempre que había necesitado personal para trabajar las tierras arrendadas, había contratado a aquel matrimonio, eran cumplidores y sabían muy bien su trabajo, además siempre les había tenido en gran aprecio, y se lamentaba de la mala suerte que habían tenido, con la muerte de su hijo, por eso aquel día, que casualmente, los vimos varear unos olivos en un campo perdido que habíamos ido a mirar, los reconoció enseguida, a pesar de los años transcurridos, y del aspecto ajado que tenían, me explicó mi padre quienes eran aquellas dos personas de ropas frágiles y cuarteadas, soportando el frío que hacía, y que mas bien parecían dos mendigos, golpeando con las pocas fuerzas que pudieran tener las ramas de aquellos olivos para entrar en calor.

Habló con el dueño de aquel olivar, y los llevamos a casa, donde nos contaron la triste historia de todos aquellos años pasados desde la muerte de Ángel. Yo hasta entonces no lo sabía, pero mi padre era el mayoral que lo contrataba para aquellas partidas de caza. Hacía ya varios años que no se hacían, y con el tiempo, mi padre se había hecho con parte de aquellas tierras y las había convertido en tierras de labor. Consideró que sería bueno contratar a alguien para cuidar la finca, y no dudó en ofrecérselo a ellos, los consideraba perfectos para ese trabajo

- Además - pensaba mi padre - se lo merecen.

Y no se equivocó, los caseros lo tenían todo impecable, eran cumplidores, atentos y siempre pendientes de las necesidades de la casa, estaban encantados con el trabajo, y volvían a ser felices, allí disponían de todo, casa y comida, además del salario que a la sra. Tomasa tanto le había costado asumir que se había ganado, ella se consideraba suficientemente pagada con su presencia allí, así es que al pueblo nunca iban salvo que tuvieran que hacer compras, generalmente para la propia casa, como no tenían familia, no lo extrañaban.

Ellos, en la finca, se habían adaptado muy bien, tanto a la casa como con sus dueños, de vez en cuando el sr. Joaquín me sorprendía con alguna liebre, que el muy pillín cazaba con los lazos que tenía distribuidos por toda la finca, había muchos, y es que el sr. Joaquín demostraba ser un consumado maestro.

- Cómanselo, a mi salud, con su padre - le decía

En una ocasión le dijo el sr. Joaquín a mi padre, que le gustaría que el gañán le labrara como media fanega de tierra al lado del pozo.

- Es que así me entretengo, hay ratos en que no se que hacer y me aburro, a veces voy al monte y saco raíces para leña, pero me gustaría hacer algo de mas provecho, hacer una huerta o algo así

- Pero sr. Joaquín, si usted ya tiene bastante faena en la casa, no se complique la vida

- Es que yo sin hacer nada no se estar, además toda esa agua que se desperdicia bastaría para regar lo que se sembrase

- Bueno, usted vera - dijo mi padre – se lo diré al gañán y que se lo prepare

Un tiempo después, todos se alegraron de la feliz idea del sr. Joaquín, hizo una huerta que abastecía a todos los de la casa mas de lo que necesitaban, sacaba habas, judías verdes, cebollas, pepinos, patatas, hasta melones y calabazas, que estaban deliciosas asadas, se sentía de lo mas orgulloso del rendimiento que le sacaba al huerto, y de cómo todos se lo agradecían cuando les regalaba un buen surtido de hortalizas.

También la sra. Tomasa, marcaba, con su presencia y su sabiduría, la vida en la finca. Realmente todos los apreciaban mucho, y durante varios años hicieron algo mas felices a todos quienes les rodeábamos, llegaron a hacerse insustituibles a decir de todos.

Ayer falleció el sr. Joaquín, solo dos meses después de que lo hiciera su siempre fiel compañera, la sra. Tomasa, tenía un deseo que ahora estamos cumpliendo, hemos traído los restos de Ángel, y los hemos depositado junto a los de la sra. Tomasa y los suyos en el único lugar que él siempre llegó a considerar como verdaderamente suyo.

Su pequeño huerto

Abril 2009

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